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Tras fenómeno natural campesinos de San Eduardo, Boyacá, se resisten a abandonar sus casas

Don José Gaona ve desmoronarse la casa que construyó durante 18 años y donde nacieron dos de sus hijos.

José Roberto Gaona López. Foto: Jorge Herrera

La casa de José Roberto Gaona López, un campesino de voz fuerte y piel tostada, tiene los muros débiles, las ventanas deformadas, las paredes partidas y el piso agrietado como el pasto de su vereda, como la carretera que se llevó una remoción en masa que tiene afectadas a 60 familias en San Eduardo, Boyacá. 

Desde la montaña, donde se ven los árboles débiles y las más de 500 hectáreas que se llevó la falla geológica, Gaona López con lágrimas fuertes, porque no se quieren desprender de sus ojos, dice que todo comenzó a la una de la mañana del primero de octubre cuando empezó a “desprenderse” la tierra. 

“Sentíamos totazos, pero nunca se movió nada. La mayoría de la gente era nerviosa y todos con el fin de evacuar”, cuenta mientras repasa con la mirada incrédulo su casa a la cual no le ha podido contar las grietas. 

Y es que la falla geológica sigue expandiéndose en el área rural del municipio por lo que el Servicio Geológico Colombiano, realizará estudios técnicos con equipos especializados para establecer si los agrietamientos podrían continuar aumentando, es lo que dice la alcaldesa María Elisa Montañez, mientras camina de prisa bajo las vigilantes miradas de zozobra de sus habitantes. “La tierra sigue moviéndose por eso ha sido necesario evacuar un número de  familias considerable".  

Mis hijos nacieron aquí 

El señor Gaona narra que en su casa agrietada tiene muchos recuerdos, y refleja el esfuerzo de muchos años de trabajo en las madrugadas y largas noches. “Esto es puro camello, sacar madera, guadaña, hacer contrato en uno y otro lado para sacarla adelante. (…) Esta casa fue construida hace 18 años, conseguida a puro trabajo”.    

En esa vivienda agonizante, de caída, marchita fue el lugar en donde nacieron dos de los hijos de don José Roberto, recordarlo le deja escapar otra lágrima. “Aquí nacieron dos de mis hijos, el que está por ahí Miller el mayor y una niña que se nos murió”. 

Lo que más le llama la atención al humilde campesino, llevando su índice derecho, como silenciado sus labios, es que la tragedia natural se suma a la violencia que tocó las puertas de su casa hace varias décadas y por eso repite, mirando al piso: “en la vida estoy enseñado a sufrir ya viví la violencia, pero es triste por todos los años que trabajé”, señala la casa en ruinas.   

Las deudas en el banco  

Son 60 familias que requieren ayudas por parte de la Nación, el departamento y el municipio, por ello esperan que el Gobierno les “eché una manita” con las deudas que adquirieron para sembrar sus productos que fueron borrados por la remoción.

 “Ahorita en febrero se me cumple una deuda por cuenta de esta finca en el banco se me vence tres millones 600 mil pesos con el banco Agrario”, dice don José moviendo la cabeza, apretando los labios.  

En el parque principal se escucha la oración del gobernador de Boyacá, Carlos Amaya, pidiendo para que todos los campesinos afectados tengan valor y exhortando al Gobierno Nacional esas ayudas que se requieren para pagar las deudas. 

“Necesitamos la ayuda del Gobierno frente a la etapa nueva que viene de reacomodación, la construcción de viviendas y acueductos de estas personas”, dice el mandatario departamental. 

La Policía, la Defensa Civil, los organismos de socorro se mantienen en la zona, de hecho el comandante de la primera brigada del Ejército, coronel Omar Zapata, advierte que podría aumentar el pie de fuerza para garantizar la seguridad de los damnificados.

“Mantenemos los 40 unidades para garantizar el acompañamiento a las comunidades y si es necesario traeremos más personal porque lo importante son las comunidades”, dice.  

El sol empieza a esconderse en las grandes montañas verdes y es cuando la mirada débil se apodera de don José y reconoce que desde el lunes primero de octubre debe tener paciencia y dejar sola su casa de buenos y ahora malos recuerdos. 

“De todas formas no se puede hacer nada, me toca en la noche irme y dejar las cosas botadas y volver al otro día”, lamenta don José.