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Terremoto del Eje Cafetero: 14 años después

El movimiento de 6.3 grados en la escala de Richter que sacudió la región cafetera del país, dejó destrozadas varias ciudades como Armenia, que hoy miran atrás con nostalgia.

Foto: Tomada de Internet

El sentimiento me invade y la memoria emotiva hace de las suyas. Vengo de una tierra cafetera llena de historias, una tierra que un lunes 25 de enero de 1999, pasada la 1 de la tarde, rugió con la fuerza de mil leones y mandó al piso a más de un gigante.

Tenía 12 años, vivía con mis papás, mis hermanos y mi abuela materna en Calarcá, Quindío. Mi casa era grande y estaba a una cuadra de la Plaza de Bolívar, justo detrás de la Iglesia San José; la más grande del pueblo. Mis hermanos y yo nos alistamos temprano porque ese día eran las matrículas en el colegio, pero mi papá quien en esa época tenía una moto, llevaba todos los días a mi mamá al trabajo, así que nos dijo que lo esperáramos y luego del almuerzo iríamos al Colegio.

Mis hermanos y yo nos sentamos a ver Padres e Hijos junto a mi abuela mientras venía mi papá. De repente, la luz se fue y justo en ese momento cuando mi mamá iba saliendo con el casco y los chalecos en la mano, empezó a temblar. Como ya no había televisor prendido ni bulla alguna que me distrajera, recuerdo perfectamente el rugido de la tierra: ¡es pavoroso!

Los vidrios de las ventanas de mi casa empezaron a vibrar produciendo un sonido igual de espeluznante. La ventana estaba abierta, por un costado de mi casa que era esquinera; estaba la casa de dos pisos de la Defensa Civil de Calarcá. Vi como se vino abajo. Tenía mucho miedo, la gente gritaba, decían que era el fin del mundo, yo me petrifiqué y a pesar de que las tejas de barro de mi casa empezaron a caerse despedazando el cielorraso, no era capaz de moverme. ¿Qué es esto?, pensaba entre el llanto y los gritos de mi familia.

Las campanas de la gigante torre de la Iglesia de Calarcá, avivaron sus más altos “ding dong dang”, y parecía que en verdad anunciaban el fin del mundo.

Ruge la tierra, tocan las campanas, grita la gente, se caen los cuadros y no me puedo mover, y entre el caos, mi papá me grita: “¡Ángela! Me cogió de un brazo, y agrupó a toda la familia debajo del marco de una puerta.

Debíamos atravesar el corredor de la casa, era corto, pero lo veía como de un kilómetro porque no se podía caminar.

El movimiento de la tierra no era como los tradicionales temblores en donde la casa se mecía de lado a lado. No, esto era una cosa inentendible para nosotros porque fue un temblor vertical, y literalmente, sentía que mi casa se levantaba del piso al cielo una y otra vez. Teníamos que dar brinquitos para avanzar y llegar al lugar más seguro de la casa. Si caminabas, te caías.

Por fin paró de temblar, llegué a pensar que la Madre Tierra nunca se calmaría. Salimos a la ventana a ver qué había pasado y nos dimos cuenta de los destrozos. Sólo hasta ese momento entendimos la dimensión de lo que había pasado.

A la cinco de la tarde, la tierra empiezó a rugir una vez más, otro temblor, empiezo a llorar y a pensar: “no me quiero morir, mi casa no se puede caer”. Le pedía a Dios. Esa fue la réplica que terminó por tumbar lo que el terremoto había dejado más o menos de pie.

Fue el peor día de mi vida. La casa prácticamente desentechada y la incertidumbre de ver en qué momento, la tierra otra vez, se iría lanza en ristre contra nosotros. Mi Papá buscó linternas y pitos, nos acostamos con ropa y zapatos puestos, por si tocaba salir corriendo.

Desde entonces, muero de pánico cuando tiembla; las imágenes de los muertos del barrio La Brasilia en Armenia -la zona más devastada, que transportaban uno sobre otro en una Nodriza para el Coliseo de la Universidad del Quindío, “La Morgue”, por esos días y las tristes historias de conocidos muertos, mutilados o que quedaron en la calle porque lo perdieron todo. Eso nunca se olvida.

Tampoco se me va a olvidar de dónde vengo, porque señoras y señores, vengo de una tierra en donde no nos gusta autocompadecernos. ¡No señor!, somos como dirían las abuelas: “cafeteros de pura cepa”. Con tesón, uno a uno de los ladrillos fue levantado, las nubes de polvo se disiparon, la vida volvió a empezar y el Quindío más que nunca, volvió a vivir.