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La reunificación alemana: prueba de fuego e impulso de la integración europea

La reunificación de Alemania aumentó el peso del país en la Unión Europea (UE), que apoyó el proceso desencadenado en 1989 a pesar de las reservas iniciales, y abrió la puerta de la ampliación hacia el este.

Rodrigo Zuleta

Berlín, 21 mar (EFE).- La reunificación de Alemania aumentó el peso del país en la Unión Europea (UE), que apoyó el proceso desencadenado en 1989 a pesar de las reservas iniciales, y abrió la puerta de la ampliación hacia el este.

El proceso de unidad de Alemania, así como las revoluciones políticas en el este de Europa, terminaron por acelerar el proceso de integración europea.

A escasos tres años de la reunificación se firmó el Tratado de Maastrich, que sentó las bases para la unión monetaria y donde, además, se reemplazó el antiguo nombre de Comunidad Económica Europea (CEE) por el de Unión Europea (UE), lo que reflejaba el deseo de darle más peso político a la organización.

El proceso de ampliación hacia el este, además, se dio a pasos agigantados, lo que significaba una expansión del modelo liberal europeo hasta las fronteras de la extinta Unión Soviética y era una expresión más del triunfo de occidente en la guerra fría.

Sin embargo, cuando empezó a verse que la reunificación alemana era inminente -a más tardar con la caída del muro de Berlín en 1990- las primeras reacciones en Bruselas y en muchas capitales europeas fueron de preocupación.

Por una parte, desde el punto de vista práctico, se temía que la reunificación pudiese perjudicar el proceso de integración del mercado único al que se habían comprometido los 12 países que entonces pertenecían a la CEE.

Por otro lado, como recuerdan los politólogos Eun-Jeung Lee y Werner Pfennig en un ensayo sobre el tema, muchos líderes europeos con responsabilidades políticas pertenecían a una generación que había vivido la II Guerra Mundial y eso, sobre todo en los países vecinos a Alemania, despertaba todavía ciertos resquemores.

Hasta hoy, según explicó la politóloga Daniela Schwarzer, en un encuentro con la prensa extranjera ante el sesenta aniversario del Tratado de Roma, hay preocupación en Berlín de que otros socios europeos sientan la influencia alemana como demasiado fuerte, lo que podría desatar actitudes en contra de la integración.

Helmut Kohl, el canciller de la unidad alemana, recordaría muchos años después en sus memorias que de los líderes del momento sólo el entonces presidente del gobierno español, Felipe González, y el primer ministro irlandés, Charles Haughey, apoyaron sin reservas el proyecto de reunificación del país.

La primera ministra británica, Margaret Thatcher, según el propio Kohl, fue la que con más agresividad atacó el llamado plan de diez puntos para la reunificación, en la cumbre europea del 6 y 7 de diciembre de 1989 en Estrasburgo (Francia).

Otros líderes con una buena relación con Kohl, como el holandés Ruud Lubbers y, ante todo, el presidente francés, Francois Mitterand, también tuvieron inicialmente una actitud negativa.

Pese a esas resistencias, en la cumbre de Estrasburgo se logró introducir en el comunicado final una declaración sobre el derecho de autodeterminación de los alemanes y también sobre el derecho a la reunificación.

Además, al entonces presidente de la Comisión Europea (CE), Jacques Delors, se le encomendó preparar un documentó estratégico sobre la actitud de los doce frente a la reunificación.

Según una versión que nunca ha confirmado claramente por ninguno de los protagonistas, pero que circula insistentemente en Alemania, uno de los pasos claves para que Mitterand depusiera su resistencia al proceso de reunificación fue la aceptación del euro por parte de Kohl.

Hasta entonces, la posición dominante en Alemania era que Europa debía avanzar en la integración política, antes de consolidar una unión monetaria.

Prácticamente hasta la introducción del euro en el país hubo temores ante lo que podía ocurrir con la desaparición del marco alemán, que había sido el símbolo del milagro económico como moneda fuerte y fiable.

Los franceses, en cambio, querían avanzar en la unión monetaria, en parte para acabar con la influencia del Bundesbank.

Sea cierto o no que la aceptación de la unión monetaria fue el precio que pagó Kohl para que Mitterand aceptara la reunificación, el proceso se aceleró tras la cumbre de Estrasburgo y Kohl relanzó su teoría de que la integración europea y la reunificación alemana eran dos caras de la misma moneda. EFE