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Libia, destruida y en la encrucijada de la paz y la guerra seis años después

Seis años después del estallido de la revolución popular que desembocaría en el fin de la dictadura de Muamar el Gadafi, Libia se halla en una encrucijada, tan cerca de la reconciliación política como de una nueva guerra entre el este y el oeste del país.

Mohamad abdel Kader

Trípoli, 17 feb (EFE).- Seis años después del estallido de la revolución popular que desembocaría en el fin de la dictadura de Muamar el Gadafi, Libia se halla en una encrucijada, tan cerca de la reconciliación política como de una nueva guerra entre el este y el oeste del país.

Desde aquel 17 de febrero de 2011 la paz es un recuerdo lejano para los libios, que han visto cómo los sueños de libertad y derechos se han difuminado para convertirse en un pesadilla llena de inseguridad y carencias.

Los secuestros están a la orden del día, apenas hay efectivo en los bancos, viajar por el país es una aventura y conservar alimentos frescos una temeridad: en Trípoli, los cortes de fluido eléctrico llegan a las dieciocho horas diarias y en gran parte de los barrios no hay agua corriente.

"Si soy sincero, la vida era mejor y más fácil con Gadafi. Yo no quiero que vuelva. No le apoyaba entonces, pero tampoco quiero la vida que tengo ahora", explica a Efe Ahmad, comerciante de verdura en un mercado de la capital.

"No hicimos la revolución para esto. Nos engañaron y ahora es todo más difícil. Ni siquiera sabes quién manda. No te puedes mover y el dinero vale dependiendo de la parte del país en que estés", se queja Osman al Nadi, un antiguo constructor que tiene a la familia en Túnez.

Como muchos otros en la diáspora, Al Nadi viaja de tanto en tanto a Trípoli para vigilar sus propiedades y tratar de hallar algún tipo de negocio, pero no se plantea regresar con su familia, debido "al gran clima de inseguridad" y la carencia de servicios como la medicina.

La situación en la capital se ha deteriorado en los últimos meses hasta el punto de que hoy asemeja un conjunto de "bantustanes" (reservas) en el que cada partido político o milicia impone su ley.

La autoridad está, en teoría, en manos del llamado gobierno de unidad formado por la ONU a principios de 2016, como parte del forzado "Acuerdo de Reconciliación" nacional firmado en la localidad marroquí de Sjirat.

Aunque fue rechazado por el Parlamento en Tobruk (este del país) y por el antiguo gobierno islamista de Trípoli, considerado rebelde, el gabinete se formó en Túnez por un grupo de políticos de ambas partes y se trasladó a la capital en abril de ese año de forma furtiva.

A pesar de contar con el sostén de la comunidad internacional, y en especial de la ONU, en este año no ha podido siquiera extender su autoridad en la capital.

Su mayor logro ha sido la expulsión de la rama libia de la organización Estado Islámico (EI) de la ciudad de Sirte, y no fue mérito suyo, sino de las milicias de la poderosa ciudad de Misrata con las que se alió.

En la capital no solo no ha logrado solucionar el problema de los servicios básicos, ni siquiera controla la seguridad, que se reparten tres milicias dirigidas por dos señores de la guerra con intereses encontrados -Haitham Al Tajouri y Abdel Rauf Kara- y el gran Mufti Sheikh Sadeq al-Gheriani.

A finales de octubre, sufrió una nuevo varapalo en su autoridad después de que el antiguo gobierno islamista regresara a la ciudad y su ex primer ministro Jalifa Al Ghwell se hiciera con el control de una zona.

Además, su relación con Misrata se han enturbiado en los últimos días, a raíz de que esta creara una nueva "guardia nacional" que el presidente del gobierno de unidad, Fayez al Serraj, declaró fuera de la ley.

Analistas y expertos coinciden en apuntar que la tensión entre Al Serraj y la zona de Misrata se debe a la decisión del primero de negociar con el mariscal Jalifa Hafter, hombre fuerte del este del país, al que los misratíes consideran un criminal de guerra.

Hafter -exmiembro de la cúpula militar que aupó al poder a Gadafi y que años después, reclutado por la CIA, se convirtió en su mayor opositor en el exilio- y Al Serraj deberían haberse reunido esta semana en El Cairo en un encuentro forzado por Egipto, Túnez y Argelia que finalmente no se celebró.

Sin embargo, de su presencia por separado en la capital egipcia salió un acuerdo que supone un giro total en la estrategia de diálogo internacional y que busca enmendar el polémico Acuerdo de Reconciliación, celebrar elecciones presidenciales en 2018 y crear un Ejército unificado en el que Hafter tendría un papel fundamental.

"Es una vía para la paz, pero también para otra guerra. Creo que ahora estamos a la misma distancia", explica a Efe un diplomático europeo implicado en las negociaciones.

"Todos sabemos ya que Hafter es el más fuerte, pero Misrata y otros no le tragan", advierte. EFE

mak-jm/acm