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Los médicos en Venezuela atienden en condiciones precarias

Esmar Navas dice que a pesar de las extensas jornadas laborales y los estudios conseguidos, "todavía me mantienen mis padres.

Una paciente en el departamento de oncología del Hospital José María Vargas, en Caracas, el 30 de agosto de 2017. Foto: Agencia Anadolu

Por: Andreina Itriago

Los sueños de Esmar Navas, una médica residente venezolana, no se han hecho realidad. Imaginaba que a sus 28 años, con su arduo trabajo, podría mantenerse a sí misma, mantener a su hija y ayudar a sus padres. Pero la realidad es otra.

Navas habla de que “al igual que muchos de mis compañeros, a la edad que tengo, todavía me mantienen mis padres”, y añade que a su hija la mantiene la familia paterna.

Los padres de Esmar, ambos comerciantes informales, la impulsaron a ser profesional para que tuviera “un futuro mejor”. Por eso estudió diez años de Medicina y ahora está haciendo un posgrado en Ginecología y Obstetricia.

Cada día llega a las 6:30 a.m. a la Maternidad Concepción Palacios, en Caracas. Pasa la mañana viendo a pacientes hospitalizadas en alto riesgo obstétrico. A veces no puede ni almorzar o lo hace en tan solo diez minutos, porque a las 12:40 p.m. tiene que estar en la sala de partos. Su jornada puede terminar a las 9:00 o 10:00 p.m.

Escasez de insumos y bajos sueldos de la salud

Esmar recuerda que en año nuevo, en vez de compartir con su familia y su hija, "estuve sentada en la sala de partos atendiendo a pacientes que nos reclaman por lo que deberían reclamarle al Gobierno”, recuerda. La escasez de insumos en los centros de salud públicos como la maternidad supera el 90%, según datos del presidente de la Federación Farmacéutica Venezolana (Fefarven), Freddy Ceballos.

Con el sueldo que recibe cada quincena por su trabajo, en esas condiciones, Esmar tan solo puede comprarse dos empanadas y dos cafés. Por eso no duda en hacer una afirmación: “Un médico no es capaz ni siquiera de sobrevivir un día”.

El pasado 20 de junio, el presidente Nicolás Maduro anunció que el salario mínimo integral sería de 5.196.000 bolívares, menos de dos dólares en cualquiera de las tasas de cambio no oficial. Fue el cuarto aumento en lo que va de año.

Con ese sueldo, sin embargo, un venezolano solo puede comprar un cartón de huevos y no por mucho tiempo. En Venezuela, que atraviesa un proceso hiperinflacionario desde octubre de 2017, los precios aumentan cada día.

Esmar, sin embargo, no está de acuerdo con los aumentos, pues sabe que traen un incremento de los precios de todos los productos. Además, no le parece que todos deban ganar lo mismo: “¿Estás acá dedicándole más tiempo a esto que a cualquier otra cosa para que te paguen igual que a cualquiera? No puede ser. Cada quien debe obtener lo que se merece”.

Pero en Venezuela no todos ganan lo mismo. Recientemente circuló una lista a través de las redes sociales que revelaba el supuesto ajuste de sueldos y bonificaciones a los integrantes de la Fuerza Armada Nacional (FAN), en mayo de este año. Dependiendo del rango, un militar venezolano estaría ganando cada mes entre 20 y 40 veces más de lo que gana Esmar.

La médica sueña con tener un sueldo que le permita tener una vivienda propia, un carro, comprarse ropa y, por qué no, tomarse vacaciones. Los últimos zapatos que compró, que son los que usa cada día para ir a trabajar, los adquirió a principios de 2017, aprovechando una oferta por el equivalente a lo que ahora cuesta un tiquete de estacionamiento.

Pero aún si ganara lo que supuestamente gana un capitán de la FAN, no podría hacer realidad todos sus sueños, pero al menos podría adquirir la canasta alimentaria familiar o buena parte de ella, y con eso ayudar a sus padres y contribuir en la manutención de su hija.

“Este país nos hizo una gran estafa a los profesionales de salud. Yo sé esto en los 10 años que invertí preparándome para ser médico y ahora estoy haciendo un postgrado, y los hubiese invertido en otras cosas como las personas que montaron tiendas y se fueron a vender arepas o a ser mototaxistas. Yo creo que tuviese más plata de la que tengo hoy en el bolsillo”, lamenta Esmar.

“Acá no se puede ejercer la medicina de los libros”

Cuando estaba en cuarto año de la carrera de Medicina, en la Universidad Rómulo Gallegos, en el estado llanero de Guárico, supo que quería dedicarse a la ginecología y a la obstetricia.

Pero cuando comenzó a poner en práctica todo lo que había aprendido se dio cuenta de que, en el caso venezolano, la teoría se queda en los libros: “Acá no se puede ejercer la medicina de los libros porque no tenemos nada con qué ejercerla”. Por eso, dice, atienden a las pacientes “con las uñas” y con todos los riesgos que esto implica.

Además de la escasez, se enfrenta cada día a otra dura realidad del país: “a veces hay pacientes que vienen a la consulta y no han comido ni siquiera, pacientes que se infectan y que no tienen cómo comprarse un antibiótico (…) y que vienen a las semanas con el abdomen piche, que hay que sacarles el útero porque si no, se van a morir”. Y muchas se mueren. 

Esmar lo lamenta porque dice que muchas de las muertes se podían prevenir. Lamenta también ver que están naciendo tantos niños prematuros porque sus mamás no se están alimentando y se les rompen las membranas antes de tiempo. Entonces, cuenta, nacen bebés chiquititos.

La médica solo ruega que la madre no sufra una hemorragia porque se desangraría ahí, y sangre se repone con sangre y, ahí, en la Maternidad Concepción Palacios, al oeste de Caracas, no tienen “ni una gota de sangre”.

Porque esa es la realidad, en el hospital que en 1972 tuvo el récord mundial de atender más partos en un solo año, no hay nada.

Por todo lo anterior, Esmar se plegó el pasado jueves al paro que iniciaron el 26 de junio las enfermeras de Caracas para exigir sueldos dignos y que se ha extendido a otros gremios y otros estados del país.

Esta semana reiteraron el apoyo a la protesta, así como a la suspensión de actividades no prioritarias, además de ratificar el reclamo por dotación y seguridad hospitalaria.