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La fiesta de la ansiedad

De cómo hace 10 años dejé el alcohol por aquello que empezó como un ataque de pánico; y de cómo entender que la ansiedad es una enfermedad con la que se puede vivir pleno y feliz

La fiesta de la ansiedad. Foto: Getty Images

La fiesta empezó a las 9 de la noche del viernes 27 de febrero. Era el año 2009. Se extendió hasta las 8 de la mañana del día siguiente, sábado 28 de febrero. Puedo decir que estuvieron mis amigos más entrañables. Todos.

Celebrábamos mi grado como comunicador social. Y es que había que celebrar. Cómo no. Yo había terminado materias 4 años antes, pero por estar haciendo un posgrado en calle, solo vine a presentar mi tesis a finales de 2008. Había que tirar la casa por la ventana. Ya quería que dejaran de retumbar esas palabras de mi mamá cuando iba a almorzar a su casa los domingos con mis eternos guayabos, esas palabras que se repiten en muchos hogares y que terminan por volverse paisaje: “Mijo, lo único que yo le puedo dejar es estudio. Por favor gradúese, deme ese regalo”. Así lo hice. Aunque el regalo al final es para uno.

Recuerdo que en la invitación, un flyer que diseñamos en la agencia de publicidad donde trabajaba, no puse “lluvia de sobres”, qué feo eso; sino, “lluvia de libros”. Llegaron presentes maravillosos que aún conservo y releo.

Pero también llegó mucho trago. Mucho licor. Mucho alcohol. Tan solo uno de mis amigos llevó dos cajas de aguardiente. A eso hay que sumarle otra caja que había comprado yo; es decir, 36 botellas, cada una de ellas con 750 mililitros de puro guaro. Guaro, guaro, guaro. También en el stock había 6 botellas de whiskey.

Revisando las fotos del rumbón, en mi fiesta de grado estuvieron cerca de 40 personas.

Entre las 8 y 11 de la noche estuvimos en mi casa. A Las 11 nos fuimos todos a la mejor discoteca de la ciudad, el dueño, uno de mis grandes amigos, me había regalado todas las entradas y dejó que lleváramos el trago que quisiéramos. Bailamos desde que llegamos hasta las 3 de la mañana cuando regresamos a seguir la fiesta a mi casa. Baile sin parar todas esas horas. Quienes me conocen saben que mi fiesta es bailar. Como a las cuatro de la mañana me subí a dormir porque estaba muy cansado. Me desperté a las 5 de la mañana por una pelea inolvidable de un par de amigos, de modo que me tomé otros tragos. A las 8 se fue la última persona. Me acosté. Me levanté a las 3 de la tarde, pedí un domicilio. Todo iba normal. Me volví a dormir. Y ahí se vino el cielo, la tierra, el viento, el agua y el fuego.

Me despertó un vacío en el pecho. El mismo vacío que uno siente cuando el carrito de la montaña rusa llega a la cima y cae sin piedad. Eran las 4 de la tarde de aquel sábado sin nubes. Sin embargo, el vacio era constante, no se iba. Las manos empezaron a sudar, la boca a secarse e inició una pequeña aunque incomoda aceleración en el corazón.

Entonces llegó el miedo.

Era un miedo a tener miedo. El miedo al miedo.

Era un miedo indescifrable que no se iba.

Como era la primera vez que tenía este episodio, la mente comenzó a actuar. El miedo indescifrable dio el primer paso: miedo a la locura. Por ejemplo, que me pasara lo sucedido con María de la Luz Cervantes, aquel personaje del cuento de García Márquez a la que se le vara el carro, toma un bus, el bus entra a un manicomio, ella pide el teléfono para llamar a su esposo, y se queda en ese limbo donde las enfermeras y los médicos dieron por sentado que era una loca más, la loquita del teléfono. El cuento se llama “Solo vine a hablar por teléfono”.

El miedo rápidamente, en milésimas de segundo dio el otro paso: sentirse culpable. Culpable de todo. Entonces, por ejemplo, me reprochaba el haber manejado mi moto al tope y sin casco, culpable de muchos años antes haber tenido dos novias al tiempo, culpable de haber dejado que un amigo me contara los torcidos de otro amigo, y así se vino una borrasca de culpabilidades insulsas, bobas, estúpidas, tontísimas. Es un pensamiento, tras pensamiento, seguido de otro, que va creando una bola de fuego llamada, miedo.

Empecé a caminar por toda la casa que compartía con uno de mis mejores amigos. Él se había ido a trabajar a su restaurante. Caminaba de un lado a otro. Y con un pensamiento que sobresalía por encima de los otros: “este miedo no se me va a quitar”.

Después por las palpitaciones del corazón llegó el otro gran miedo: el miedo a la muerte.

Claro, se agita más el corazón. Hay más miedo entrando por la nariz y llenando los pulmones que terminan oxigenando con más miedo el cerebro.

Ahí es cuando uno comienza a perder la perspectiva.

Me tuve que ir a la clínica. Allá el médico general dijo que eso era guayabo. Que había deshidratación, que eso se me pasaba con un tranquilizante.

No fue así.

Como no tenía ni idea de lo que me estaba pasando, dije en la clínica que ya me sentía bien y me fui a casa de mi mamá. Le tenía miedo al hospital. En algún momento vi que lloró, pero ella siempre inteligente se hacía la dura, aunque sé que estaba pensando, en medio de nuestra ignorancia tras lo que sucedía, que la locura se estaba apoderando de su hijo.

Pero ojo, la escena no es la de un hombre gritando por la calle, pegándose en las paredes, agresivo con las personas, o queriéndose tirar de un puente. No. Al contrario. Lo mío era miedo a que a alguien le pasara algo, al hospital, al manicomio, a la muerte. Miedo al miedo.

Lo más excéntrico que hice fue caminar de un lado a otro en la sala de la casa de mi mamá, respirando de manera profunda, pero llenando mi cabeza de miedos. Repito, miedos sin piso. Insulsos.

Me fui donde mi hermana, la matrona de los Escobar, y allá mi cuñado oró conmigo. Eso tuvo un efecto positivo. Pude dormir. Pero el domingo me levanté con la misma sensación. Ya me iban a llevar a una clínica psiquiátrica y yo no quise. Fuimos donde un médico particular y el hombre dijo algo sensato, pero con dos palabras muy fuertes, pánico y ataque:

—Usted tiene un ataque de pánico, el único que puede medicarlo es un psiquiatra, pida cita particular donde este señor mañana bien temprano.

En un momento, con el miedo encima haciéndome temblar las manos, se me vino una reflexión: Pero si tengo una vida feliz: mi familia es bella, mi mamá vive súper, mis hermanos son unos trabajadores incansables y no tienen problemas, me apoyan en todo, tengo un buen trabajo, tengo para comprar los libros que quiero, hago ejercicio en el mejor gimnasio todos los días, tengo para pagar la renta de una buena casa, compartida con un amigo más calmado que un monje tibetano, me va bien en el amor, tengo amigos que me quieren y creo que me admiran. ¿por qué tengo miedo? Pero la reflexión no sirvió y siguió el miedo. Tenía que ir donde el psiquiatra.  

A uno le dicen psiquiatra y se imagina un viejo con chiva blanca, un diván y a unos enfermeros gigantes prestos a ponerle a uno una camisa de fuerza por si se quiere volar.

Falso. Me encontré con un tipo muy joven. Un consultorio cálido. Pero con una seriedad alemana.

Le relaté detalle a detalle todo lo anterior y entonces vino su respuesta de psiquiatra y psicoanalista. Ah, al diagnóstico solo le cambió la palabra ataque por crisis:

—Tienes una crisis de pánico. Y con todo lo que me acabas de relatar debo medicarte e iniciar un tratamiento. No te vas a volver loco, no te vas a morir, no te vas a tirar de un puente si hacemos lo que te estoy sugiriendo.

Lo interrumpí y me atreví a preguntar:

—¿Y si no?

Entonces se levantó, pasó frente a su escritorio, se sentó en él, me miró a los ojos y sentenció:

—Tienes dos caminos: si sigues con el tratamiento, vas a tener una vida normal. Con éxitos y fracasos, esa es la vida. Pero si sigues tomando y mezclas medicamentos cuando te den las crisis de pánico con el alcohol, es muy probable que termines peor que como estuviste todo este fin de semana. Mucho peor.

La mañana del 28 de febrero, a eso de 8 de la mañana del año 2009, fue mí último trago de alcohol. Han pasado 10 años.

Aquí podría terminar la historia. Pero sería irresponsable de mi parte porque muchos tal vez en este momento pueden estar pasando por algo parecido y quisieran saber qué pasó, cómo lo resolví.

Pues bien. Inicié el tratamiento. No voy a mencionar el medicamento que empecé a tomar. Quien necesite de ayuda debe ir donde un psiquiatra, donde un especialista.

Los cuerpos son diferentes, los casos son diferentes, los contextos de cada persona son singulares.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que yo entendiera la enfermedad.

Hay que entender la enfermedad.

Debo confesar que esto no fue de un día para otro. Lo del alcohol, sí. Porque le cogí tanto miedo a tener miedo que ni por el putas quería volver a pasar por estos episodios.

Pero me voy a adelantar un poco para aclarar algo que entendí casi 6 años después, gracias a quien hoy es mi psiquiatra.

Las palabras tienen poder. Llamar “ataque de pánico” a estos episodios, ya de por si le dan un tenor mayor. Llamarlas “crisis de pánico”, también tienen el mismo volumen estridente. No. El nombre correcto es: “trastorno de ansiedad”. Uno tiene ansiedad de que algo va a pasar, pero nada va a pasar.

Hay que entender el trastorno de ansiedad.

Ya voy a hablar de J Balvin y de otros personajes famosos que han confesado que sufren de crisis de ansiedad, o de una enfermedad de este tipo, pero antes deseo volver a situaciones específicas que han sucedido en estos 10 años para que de alguna manera sepan que se puede convivir con estos episodios de manera plena, tranquila, exitosa, feliz; y que se puede rumbear, bailar, conquistar, hacer el amor, vivir. Todo esto sin una gota de alcohol.

Claro que me volvieron a dar episoddios de ansiedad. Muchísimas veces, pero la gente ni los nota. Muchos a los que les he dicho: “vos te acordás de tal día, ese día tenía un episodio de ansiedad”, y no me creen, pero es porque entendí algo…

Todo en la vida tiene un principio y un final. Todo pasa.

Clichesuda la afirmación, pero así es. Uno debe entender que cuando llega ese vacío, ese miedo al miedo, ese sudar frío, esas palpitaciones, eso va a pasar. Eso no se va a quedar para siempre. Va a pasar y nada va a suceder. Convencido de eso, un episodio de ansiedad me puede durar 10 minutos, máximo 20: no perder la perspectiva desactiva el miedo. Claro, no nos olvidemos del medicamento y de las charlas sabrosas con el psiquiatra.

Es preciso decir que han pasado meses en que no se ha asomado ni un solo episodio de ansiedad por mi vecindario. Y cuando se han asomado, los he lidiado con estoicismo. Aquí estoy. Divinamente.

En mi caso pasé de ir 2 veces por semana al psiquiatra con PhD en Psicoanálisis; es decir, 8 veces al mes, a ir tan solo una vez cada dos meses. Pasé de tomar 45 gotas al día de un medicamento a tomar tan solo 8 en la noche antes de dormir y estoy en el proceso de dejarlas.

Ejemplos.

La ansiedad se asomó una noche en una discoteca bailando; a la entrada de un concierto de los Rolling Stones; en la cárcel haciendo una reportería, sitio que después visité varias veces sin ningún atisbo de miedo; finalizando el año 2009 con una nena que se quedó a dormir en casa y que el miedo no me dejó ni tocarla, solo quería que ella no se diera cuenta y supiera que así hubiera bebido mucho porque ella quería tomarse sus tragos, había estado con un caballero que no insistió en lo que ella no quería; trotando en el gimnasio; donde el odontólogo cuando me puso una pequeña anestesia que activó el miedo; en medio de la nada, bien adentro del llano en el Casanare; en una rueda de prensa con todos los candidatos a la presidencia; y hasta en la tranquilidad del mar, bronceándome.

Pero no pasaron de ser asomos de miedos en vano.

Hace algún tiempo leí una entrevista de un reconocido automovilista, donde le preguntaban si él era de acero y no le daba miedo en la Formula 1, manejar carros a más de 300 kilómetros por hora. La respuesta fue reveladora:

—Si no hubiera tenido miedo, me había matado en la primera curva.

El miedo es necesario. Te frena en momentos decisivos donde uno puede cometer un error. Pero no hay que dejar que el miedo supere la sensatez.

Un amigo un día me llamó y me dijo que si había visto una historia en la red social Snapchat, en el perfil de J Balvin, donde salía el famoso cantante mostrando una chaqueta con la marca del medicamento que yo tomaba y donde agradecía porque su tratamiento le había ayudado a retomar su carrera. Ese día entonces supe que Balvin, igual que yo, capotea sus días con una enfermedad parecida a la mía, aunque lo de Balvin son episodios de depresión.

Escribiendo este relato recordé que aquí en La W, Balvin habló abiertamente sobre esta situación. Pero al volver a escucharla me sorprendió muchísimo, porque coincidimos en muchos puntos de vista, aun con las diferencias médicas que conllevan la depresión y la ansiedad.

Balvin dijo:

“Creo que todo es causa y efecto. Sin embargo, hay personas que les pasa porque les tiene que pasar. Y hay una tarea muy importante que es entender la diferencia entre estar triste y tener una depresión. La tristeza es emocional, la depresión es química. Hay que quitar ese tabú y ese mito frente a la depresión porque la depresión no tiene que ver nada con las emociones, es un desbalance químico. Es un desbalance del cerebro, que como otra parte del cuerpo se desnivela también. Pasé por eso. Lo mío pudo haber sido falta de sueño y mucho trabajo. O simplemente me tenía que pasar. Creo que me ayudó mucho para ayudar a los demás para que quiten ese temor cuando hablan de psiquiatras y pensar que están locos. Realmente es un mito urbano. Ir al psiquiatra es como ir al cardiólogo. Gracias a Dios ya estamos del otro lado. Sigo medicado. Hay solución. Todo pasa. Hay tratamiento. Obviamente tener un buen balance emocional va a ayudar a que el proceso de tu medicación sea más llevadero, pero que ir al psiquiatra no es de locos”.

En todos estos 10 años, yo ya entendía el tema, pero quería ser preciso y le pregunté de nuevo a mi psiquiatra para poner en sus palabras y no en las mías, aquello del desbalance químico que tiene el cerebro de una persona que sobrelleva una enfermedad como la ansiedad:

Esto me respondió:

“Pacho, los trastornos de ansiedad se asocian con una disfunción de algunos de los circuitos cerebrales que usan la serotonina como neurotransmisor (la conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala cerebral, entre otras). No sabemos si la deficiencia de serotonina es la causa del trastorno. Pero se observa que los medicamentos que aumentan la disponibilidad de serotonina en esos circuitos cerebrales mejoran los síntomas ansiosos”.

Veo que ya llevo 6 páginas y no me quiero alargar más.

Me iba a referir a famosos que conviven con esto. Pero creo que es más valioso advertir algo que le pasó a dos artistas de talla mundial que no tuvieron disciplina en sus tratamientos. Revolvieron alcohol con los medicamentos, cuando se vieron en el vacío irresponsablemente aumentaron sus dosis y eso fue su último trago, un coctel mortal. Pilas. Nada de internet, ni de automedicarse, hay que resistir e ir al especialista en cuanto se pueda.

Finalmente, mi mensaje es que se puede convivir con las crisis de ansiedad. Que no he faltado nunca a mis tareas, que no he fallado nunca en mis responsabilidades profesionales. Que, como todos, capoteo diariamente con momentos de alta intensidad, que cada día trae su afán y se resuelven los problemas, y que  además, al final llega esa dicha del deber cumplido. Que sigo bailando hasta las 5 de la mañana, que después de las 5 es quedarse en la calle buscando problemas. Que tengo una familia que siempre me apoyó y estuvo en los momentos donde creía que había llegado el final. Que vivo con una mujer maravillosa a la que le coqueteo y le payaseo para hacerla reír todos los días. Que tengo un gato más calmado que un lago de algodones. Que llevo una vida plena, feliz y tranquila.

Hoy que cumplo 10 años sin tomar alcohol, decidí que era el momento de contar por qué tomé esa decisión; además, porque tal vez alguna palabra, frase, dato o punto de este escrito le puede servir a alguien que cree que no hay remedio. Sí hay remedio. El remedio es vivir sin excesos, y si llega el vacío, si se asoma el miedo, saber que eso va a pasar, que no se va a quedar, pero que hay que ir donde el psiquiatra. Así como vamos al gimnasio para fortalecer nuestros músculos, o le gastamos horas a los libros para fortalecer el conocimiento, también es bueno ir de vez en cuando donde ese man que le ayuda a uno a fortalecer la mente.  

Autor: @PachoEscobar