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La partición india no cicatriza 70 años después

La partición india no cicatriza, incluso transcurridos ya 70 años, incapaces muchos de olvidar todo lo que dejaron atrás entre matanzas religiosas, al tiempo que se convertían en refugiados en su nuevo país: la India o Pakistán.

Moncho Torres

Nueva Delhi, 13 ago (EFE).- La partición india no cicatriza, incluso transcurridos ya 70 años, incapaces muchos de olvidar todo lo que dejaron atrás entre matanzas religiosas, al tiempo que se convertían en refugiados en su nuevo país: la India o Pakistán.

"Tengo más de 76 años, me encuentro sano y soy totalmente vegetariano. Estoy feliz (...) Pero hemos sufrido mucho", dice a Efe el sij Dalip Singh, un funcionario retirado del banco central de la India, desde su residencia en un barrio en el sur de Nueva Delhi.

Su historia se remonta a agosto de 1947, cuando tras 300 años de presencia en el subcontinente indio, los británicos abandonaban partida en dos "la joya de la Corona": por un lado la India, de mayoría hindú, y por otro Pakistán, nación musulmana que sería dividida a su vez en la parte Oeste y Este, futuro Bangladesh.

Millones de hindúes, sijs y musulmanes que se habían quedado en el lado equivocado durante la partición iniciarían entonces una de las mayores emigraciones de la historia hacia el otro lado de la frontera, un camino marcado por la sangre de cerca de un millón de muertos masacrados por las comunidades mayoritarias de cada región.

"Era muy peligroso, había muchos riesgos. Cada poco veíamos a alguien asesinado aquí y allí. (...) Era difícil incluso conseguir agua porque había un tiroteo constante", rememora Dalip, que viajó desde Pakistán hasta el Punyab indio en el techo de un autobús, habilitado solo para mujeres y niños, en compañía de su hermano.

Otro de los medios de transporte colectivos más comunes eran los trenes, que muchas veces partían entre el barullo de cientos de refugiados y llegaban a su destino en silencio, repletos de cadáveres.

En ocasiones, sin embargo, los pasajeros tenían más suerte.

"Detuvieron nuestro tren en Pakistán durante dos días (...) Los paquistaníes querían matarnos, pero en la India habían parado otros dos trenes, y les dijeron: 'Si masacráis uno, nosotros masacraremos dos'. Así que pudimos continuar", narra a Efe Hardit Singh, de 80 años y entonces un niño, en un barrio en el sureste de Nueva Delhi.

Según Hardit, a 18 personas en su aldea en Peshawar, en la actual Pakistán, los mataron por no querer convertirse al islam.

En la India les esperaban kilométricos campos de refugiados, donde las epidemias de cólera remataban a los más débiles, o las viviendas vacías que habían dejado atrás los musulmanes en su huida al otro lado de la frontera.

Dalip llegó sin un céntimo a la ciudad de Amritsar, una especie de Vaticano para la religión sij, donde los alojaron en "un gran edificio (...) repleto de lana" en el que lo único que les daban de comer eran granos de maíz que acompañaban con agua, "nada más".

Todos los días, él y su hermano mayor esperaban durante horas en la carretera que tomaban habitualmente los refugiados procedentes de Pakistán, a la espera de encontrar a sus padres entre los miles de desvalidos que habían hecho el trayecto a pie o en carromatos.

Tras dos meses, sobre una carroza empujada por un caballo, apareció una de sus tías, que los animó a acompañarlos al campo de refugiados Jawaharlal Nehru, el primer mandatario de la India independiente, y cuatro meses después se reunirían con sus padres.

Muchos sijs -todos los varones que profesan esta religión comparten el apellido Singh- como Hardit, Dalip o Bahadur, de 82 años, continuaron su particular travesía por el desierto hasta llegar a Nueva Delhi, donde se instalaron en áreas despobladas.

"Cuando se nos asignó tierra aquí, era todo jungla. Los lobos solían venir de noche y nos cogían cosas de casa. No estaba muy poblada esta área, solo gente de nuestra zona. Nos quedamos y ahora hay edificios de tres y cuatro plantas", explica Bahadur en el barrio de Jangpura, uno de los más prósperos de la capital india.

Hardip y Bahadur trabajaron como taxistas, al igual que otros muchos de su comunidad, y reconocen sentados a la sombra de un árbol que la vida, "por la gracia de Dios" y tras mucho esfuerzo, les ha ido bien en la nueva India, reconocida ahora por sus altas cifras de crecimiento económico.

Pero no olvidan.

"Al llegar a Ludhiana -en el Punyab indio-, había un mar de cadáveres de hindúes y musulmanes", insiste Bahadur. EFE

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