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Humor negro, puro y bendito: así se vive una noche de Con ánimo de ofender

Crónica de una noche con el equipo de Con ánimo de ofender, el colectivo que le sacó plata a las conversaciones de esquina y amplió el panorama del stand up colombiano.

Humor negro, puro y bendito: así se vive una noche de Con ánimo de ofender. Foto: YouTube Con ánimo de ofender

Por Diego Rojas (@diegorojas94)

Llego al bar y no hay mucha gente. Coincide con que juega la selección Colombia y el plan nocturno para los pasionales del fútbol es ir a tomarse unas cervezas mientras exhiben su talento oculto como entrenadores. Pero la opción de ir a ver comedia siempre es tentativa, sobre todo si esta comedia es encabezada por, actualmente, los amos del humor negro en el país: el equipo de Con ánimo de ofender –o como también les llaman, ‘los setenta hps que ofenden’-. 

Es noche de “Toma tu tomate” en Smoking Molly, un open mic para que los comediantes muestren su material frente a un público hostil que los bombardeará con tomates si no los hacen reír. Esta es la sala previa a la conversación que luego se convertirá en un nuevo capítulo de la serie web de moda en Colombia. Así como puede suceder frente a este bar, Con ánimo de ofender también se gesta a las afueras de otros epicentros de comedia en Bogotá, como A seis manos, Lede o Rembrandt.

La pregunta que rondará la cabeza de todo fan de Con ánimo de ofender podría ser: ¿Estos manes realmente son así todo el tiempo?, ¿permanentemente están mamando gallo y ofendiéndose entre sí? –Como la vida, la comedia también es de momentos. A veces haces reír, a veces das lástima, otras das pena y en ocasiones ni siquiera te prestan atención.

Previo al show, entré a un pequeño y oscuro cuarto ubicado detrás del público, frente a la tarima. Tengo a mi alrededor rostros conocidos: Franko Bonilla, el comediante más respetado en este colectivo; Camilo Sánchez, el popular Dejemequieto –lo vi quieto, así que lo dejé quieto-; Duván Gómez, el hombre tras la cámara de Con ánimo de ofender; Ibrahim Salem, quien hace unos meses fue viral por hacer chistes sobre el atentado a la Escuela General Santander –hoy tiene su show Lo amenazaron por chistocito, inspirado en las amenazas que recibió en aquellos días-; Sebastián Rincón, el hipster; y Edward Silva, el actor. Deivis Cortés, el viejo de los remates infalibles, también estaba por ahí.

El “gordo, gordo, gordo” Gabriel Murillo era el host –en palabras no técnicas, un presentador que sí o sí debe hacer reír y no dejar que el ritmo baje-. En menos de una hora pasaron los cinco comediantes de la noche. Todos fueron bajados a tomatazos a excepción de Camilo, ganador de una hamburguesa cortesía de la casa.

Ahora sí, terminada la primera fase de la noche, era momento de parchar. El combo se reúne afuera, como ha sido costumbre desde que se conocen. Unos prenden su cigarrillo y otros prenden naturaleza. Viéndolo de lejos, es un círculo común y corriente, el mismo que usted hace con sus amigos al salir del trabajo, después de un partido o en cualquier actividad cotidiana. No hay libretos, no hay alguien organizando diálogos, no hay orden. Es, realmente, una clásica conversación de esquina entre panas.

Ya había parchado con ellos antes, cuando Camilo Sánchez, a quien conozco desde niño, recién daba sus primeros pasos en la comedia, antes de ganar Sábados Felices y convertirse en el mejor comediante del país en el 2018. Fui testigo de cómo tener una conversación con ellos ya era ser parte de un improvisado show de stand up sin pagar boleta. Pero era exclusivo, nadie por fuera del círculo disfrutaría de la situación.

Esa consecución de premisas y remates podía suceder en cualquier parte y en cualquier momento: afuera del bar, antes o después del show, esperando el Transmilenio o ya dentro del bus, en un carro o durante una salida pedagógica con Franko -ya saben a dónde- (y si no, por favor vea el INÉDITO #01 de Con ánimo de ofender). Pero era efímero, tan natural que en el contexto podría ser lo más chistoso que han dicho en sus vidas pero reestructurarlo para que fuera parte de una rutina era demasiado difícil o imposible. En un momento de reflexión, esto pasó de lamento a oportunidad.

Camilo y Gabriel sabían que algo se podía hacer con las horas hablando carreta que acumulaban al terminar los shows. Era mostrar al comediante en su estado natural, era arriesgarse a mostrar algo nuevo en el mundo de la comedia. Podía gustar o no. El caso fue que gustó más de lo que pudieron haber imaginado.

Pero cuando se construye un capítulo de Con ánimo de ofender, vemos que no fue solo poner la cámara a grabar y ya. Hay ritmo, hay narrativa, hay técnica. Lo escribiré: hay arte. Por un lado, Camilo y Duván estudiaron cine y televisión en Taller 5. Ahí se conocieron. De hecho, en algún momento intentaron con su propia productora, que no vio luz más allá de grabar matrimonios y fiestas de 15 años. Así que si se preguntaba por qué el primer video del canal es un documental de observación sobre la plaza de mercado de Chía, ya tiene su respuesta.

Sobre Deivis hay que decir que es quien más sabe sobre cine en este grupo, así es, tiene todo el respaldo teórico para remates como “Batman no lloraría así”. En su caso, llegó a la comedia porque quería documentarla, pero no quería hacerlo desde la visión de un agente externo –algo como lo que yo estoy haciendo-, su objetivo era ser comedia para documentar comedia. Sentir lo que es pararse en un escenario, frente a desconocidos, para intentar hacerlos reír. Disfrutar de los aplausos o ser golpeado por el silencio.

Pero la magia de Con ánimo de ofender trasciende el punto técnico del video. Esto va más allá. Vuelvo al detrás de cámaras, a la salida de Smoking Molly, la noche que me uní al parche sin ser parte él. El círculo se arma, los primeros en estar son Camilo Sánchez, Gabriel Murillo, Franko Bonilla, Edward Silva, Sebastián Rincón, Camilo Díaz “Culotauro”, Emir Quintero, Ibrahim Salem, Jorge Sánchez “Cúcuta” y Santiago Gordo; más tarde aparecen Pacho Rodríguez, su chispa vital, y Rafa López. La conversación nace de la nada, algo de coyuntura o una experiencia reciente de alguno de los comediantes. Duván está en la juega, él sabe cuándo se aproxima la avalancha de paja y saca la cámara. El próximo capítulo ya está en proceso.

Entonces brilla la diferencia entre este parche y el que también está echando carreta al otro lado de la calle, la diferencia con su parche o con el mío. Como regla, un comediante de stand up debe ser un contador de historias, alguien que monte a su público en el relato y lo haga viajar por donde le plazca. Bueno, así son ellos, la práctica los ha convertido en maestros y ahora son capaces de relatar un evento cualquiera imprimiéndole una gracia especial. Aquí entra la regla #1 de Con ánimo de ofender: hay que hacer reír.

Durante casi dos horas de grabación, de 10pm hasta la media noche –aunque me dicen que generalmente la cámara se prende a las 12 y se apaga a las dos de la mañana-, se sacó chiste a temas como el bullying en la niñez de cada uno, el paro nacional y hasta cómo quebrar a los bancos. Todos aportan, por momentos salen y entran del círculo, ya sea para comer, fumar, atender a un fan o simplemente hablar en privado con alguien más.


Así se ve una noche de grabación de Con ánimo de ofender.

No todos los remates funcionan. No todo hace reír. Por momentos alguien dice algo esperando rizas que nunca llegan. Es un ejercicio de prueba y error. Claro está, una vez el equipo se conecta, de una premisa pueden sacar tantos remates como la creatividad se los permita. Tampoco falta el callback –ese chiste, comentario o palabra que hace referencia a un chiste previo-, es ver la teoría de la comedia aplicada a la perfección y, a la vez, a la imperfección. Con ánimo de ofender también se convierte en un campo de entrenamiento para que los comediantes pulan sus técnicas.

Cuando nació Con ánimo de ofender, la preocupación, por encima del humor negro y los temas tabú, era que gustara, que la gente lo viera y lo compartiera. Ese primer capítulo, que solo duró 2:37, cuenta hoy con más de un millón de reproducciones en YouTube y cerca de 23.000 likes. Titula “no apto para la tv”… lo demás es historia.

Los días de grabación, generalmente, son martes y sábados. Solamente de aquella noche salieron dos horas de material, que luego debe ser seleccionado y organizado para un capítulo que dura entre 10 y 20 minutos. La tarea técnica es de Duván. Él se queda con la ganancia económica de YouTube, los demás facturan con sus shows. El proceso ocurre en el apartamento, donde vive con Camilo y Gabriel, allí se concentran en seleccionar los mejores momentos, incluir el contexto y los chistes a partir del mismo. Una vez habemus video, se estrena cada domingo para que sus más de 600.000 suscriptores en YouTube se ofendan y compartan la ofensa.

Cada uno de los miembros de este colectivo ha encontrado oro en Con ánimo de ofender. Lo más importante ha sido el reconocimiento, pues ya les sirvió para hacer una gira nacional durante 2019 y sumar miles de seguidores en sus redes sociales. También la oportunidad de ganar calle, de aprender y pulir estrategias que hagan reír, además de soltar y soltar premisas que tienen potencial para ser chistes. En un momento de esos, Camilo, Duván y Deivis hablaban sobre Dios y la calle: “La calle es como Dios, omnipresente, la calle está en todas partes. La calle es Dios”.  Dejemequieto vio futuro en esa premisa para convertirla en chiste. Es el don del comediante, todo puede ser chistoso.

Hoy, Con ánimo de ofender está cerca de su episodio #70, suman miles de seguidores en redes sociales y millones de reproducciones en YouTube. Recientemente, agregaron a su inventario Underground Stand-Up”, rutinas de cada uno de sus comediantes. No hay rosca, no hay filtros; si hace reír y se compromete con el proyecto, tiene las puertas abiertas. Si no, puede prepararse e intentarlo más adelante.

Los 70 hps que ofenden no solo han sabido sacarle plata a las conversaciones de esquina, sino que han ido posicionando la comedia Underground por encima de la “tradicional”. ¿Cómo lo han hecho? – ofendiendo y haciendo reír.