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Relato de tres mujeres que se dedican a la alfarería en zona rural de Tunja

Las mujeres cabeza de familia cuentan que al igual que los hombres les toca hacer el mismo esfuerzo para sacar adelante a sus hijos.

Relato de tres mujeres que se dedican a la alfarería en zona rural de Tunja. Foto: Jorge Herrera

A las fueras de Tunja, en la vereda Pirgua, un grupo de mujeres con botas, sombreros, tapa bocas y gafas, se dedican a la alfarería desde hace más de 35 años, ellas en esa labor, que reconocen es muy dura, han sacado adelante sus vidas y las de sus hijos.

Ana Espejo Castro de 65 años de edad recuerda que la primera vez que inició en la alfarería cogió la pica y la pala, apiló la tierra, la mojó, la cortó con una maquina artesanal y desde entonces ese proceso se convirtió en su rutina diaria durante décadas. 

"Para mí la alfarería es todo, es una belleza porque podemos trabajar. (...) Son muy pocas personas que se le miden a esto porque el trabajo es duro para las mujeres y los hombres", narra doña Ana. 


 

Las manos gruesas de esta alfarera denotan las largas y agotadas jornadas que deja la producción de 70.000 ladrillos que logra por mes. "El trabajo es duro y las mujeres se someten a todo esto porque no tienen otra manera de subsistir. (...) mis manos demuestran todo lo que hemos hecho en la vida".

Reconoce que durante todo el tiempo que lleva en la fabricación de ladrillos, para lo que cuenta con dos hornos tipo colmena con chimenea a 18 metros y que le costó una inversión millonaria gracias a un préstamo bancario, vive con zozobra porque las entidades ambientales amenazan con cerrar la fábrica. 

Esta madre cabeza de hogar choca sus puños y con orgullo dice que la alfarería le permitió darles estudio a sus tres hijos. "La mayor es filosofa, la segunda es administradora de empresas y el tercero es ingeniero de sistemas, todo con la alfarería". 

Narra que hacer ladrillos tiene su ciencia que requiere cálculo y mucho cuidado para entregar buen material a las constructoras, arquitectos e ingenieros.

"Yo me meto hasta en el horno y ayudo a sacar el ladrillo y ahora que tengo 65 años me voy a pensionar, espero que mis hijos siga  el proceso”, reflexiona. 

- Aquí nos toca como los hombres, ganarnos el pan 

Doña Stella Escobar, quien lleva 35 años en el oficio, se le observa trasladando una carretilla repleta de ladrillos y lanzándolos luego a la volqueta que llega por material. 

Dice que al principio fue duro porque no estaba acostumbrada, pero con el apoyo de su hermana comenzaron a elaborar ladrillo blanco en un horno de 6000 unidades. 

"Nos gastamos una tonelada de carbón por producción. Yo soy madre cabeza de familia, aquí no se puede faltar ni un día", cuenta. 


 

La señora Stella frunce el ceño, se quita los guantes y dice: "mijo igual que un hombre, igualito, uno por ser mujer pero no puede decir que no va a trabajar, aquí también nos toca para ganarnos el pan". 

- Con la alfarería pagó mi carrera de enfermería y el estudio de mi hija 

Mayerly López sonríe mirando el paisaje y las fábricas de ladrillo de Pirgua, suspira y cuenta que cuando era niña jugaba en medio de la tierra donde más tarde forjaría su futuro y el de su familia. 

El primer día sus manos se ampollaron y sus brazos quedaron pesados, pero con el tiempo el dolor desapareció y se fue acostumbrando. 


 

"Desde los 13 años empecé a trabajar en la alfarería y ya completó 15. (...) de ahí saco para ayuda de mis estudios, soy una mujer que salí adelante por mi trabajo", cuenta.

Las tres mujeres cabeza de familia dicen que seguirán poniéndole el pecho a la alfarería, pero que requieren mayor apoyo del Estado para que sus microempresas no desaparezcan.