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Gabriela Guerra Rey, la ladrona de historias de una bahía con aroma a sal

Ajena al ruido de su primera novela, "Bahía de sal", la escritora cubana Gabriela Guerra Rey prefiere asumirse como una mujer obsesionada con el acto de hurtar las vivencias de la gente, las cuales luego convierte en obras de ficción.

Gustavo Borges

México, 9 sep (EFE).- Ajena al ruido de su primera novela, "Bahía de sal", la escritora cubana Gabriela Guerra Rey prefiere asumirse como una mujer obsesionada con el acto de hurtar las vivencias de la gente, las cuales luego convierte en obras de ficción.

"Soy una ladrona de historias de quien me las quiera contar; les agrego mis experiencias y entonces las escribo", dijo en una entrevista con Efe Guerra Rey, residente en México, horas antes de viajar a España para presentar su obra, ganadora del premio Juan Rulfo.

La novela, publicada por la editorial Huso, está formada por 42 capítulos cortos que cuentan la vida de una niña en un sitio inspirado en el pueblo de Regla, en las afueras de La Habana, donde la escritora creció en los tiempos del llamado "periodo especial" en Cuba, decretado a inicios de los 90 tras la caída del bloque soviético.

"Mi prima Yenny me detalló sus recuerdos en una localidad de Ciego de Ávila, centro de Cuba, y con otras mías y de amigos armé el ambiente de un lugar al lado de la bahía de La Habana", comentó.

Hace dos veranos Gabriela recordó el primer beso de amor de su vida. Volvió a verse con 14 años en el Liceo de Regla, donde un adolescente militar de piel blanca recorrió sus labios. Entonces escribió un texto íntimo llamado "El joven soldado" y aunque no lo sabía, ese día empezó su novela escrita desde el dolor.

"Iba a ser un cuento, un homenaje a Roberto Carlos, mi primer novio, un niño alto de cabello oscuro que un tiempo después, mientras hacía guardia en el Servicio Militar, se metió la escopeta en la boca y se voló los sesos", cuenta.

Esa historia primaria fue el capítulo 17 de la novela que comienza cuando una niña se pregunta para qué salir del pueblo si allí tenían todo: fiestas, ceremonias, sectas, sociedades secretas, altares, y hasta una Virgen cuya iglesia estaba deshecha, pero era la segunda más importante del país.

Con un estilo directo, la autora retrata las cosas tal como fueron en los años duros de Cuba a finales del siglo pasado, desvela detalles del día a día de los cubanos de entonces, cuenta las piruetas de la gente para alimentarse y sobrevivir y cómo la pretendida sociedad perfecta se cayó en pedazos.

"Sin pedir permiso, sin saludar o sentarse a escuchar a la abuela en sus eternos reclamos a Dios, la crisis entró por la puerta de la casa, aun con la aldaba echada", dice el libro.

Gabriela se refiere a la caída del muro de Berlín y a su vivencia del hecho que pone en boca de la protagonista de "Bahía de sal".

"Mi primer recuerdo fue en el acto matutino de la escuela, dijeron que estábamos en el periodo especial en tiempo de paz. Mi madre fue más clara cuando me reveló que quedaban cuatro latas de leche condensada y después no había más. Eso fue la caída del socialismo para una niña de 10 años como yo", confiesa.

La novelista reconoce que fueron tiempos difíciles, pero se alegra de haberlos vivido porque le dieron "Bahía de sal" y una manera diferente de ver la vida. "Llevo cicatrices, mas no me quitan mi lado de cubana con amigos, libros y alegrías", comenta.

La escritora desveló a Efe algunos de los secretos de su proceso de creación.

"Jamás me enfrento al temor de la página en blanco que obsesiona a los escritores. Mi miedo es no tener tiempo para escribir lo que tengo dentro", cuenta.

No le interesa la política, pero en la novela se refiere al hombre omnipotente del país. Es una alusión a Fidel Castro, a quien pinta como un patriarca que nunca morirá.

"Necesitaba contar el sentimiento de vivir con un dirigente que dirige tu vida, no me importa si es Fidel o Raúl. Yo creo en la democracia y ningún país merece un Gobierno de 60 años. Fue una de las razones por las cuales emigré, quería tener libertad para vivir, para equivocarme", señala.

Gabriela Guerra Rey sabe bailar, pero no tan bonito como debería una cubana, a veces toma ron y este viernes le puso una vela en su día a la Virgen de la Caridad del Cobre.

A sus 36 años otra cosa le quita el sueño, conocer muchas personas para que le cuenten las historias y entonces poblar mejor su mundo inventado. EFE

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