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"La patria así se forma": homenaje a las glorias olímpicas de Colombia

Desde Jorge Perry hasta Catherine Ibarguen y Mariana Pajón, un recorrido por aquellos que han puesto la bandera de Colombia en lo más alto del escenario Olímpico.

Crónica en homenaje a las glorias olímpicas de Colombia. Foto: Colprensa-Getty Images

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Se enciende la antorcha, se ilumina la noche. Esta es una historia de casi nueve décadas, 19 ediciones y 896 deportistas que con la bandera tricolor en el pecho han representado a nuestro país en la cita máxima del deporte mundial.

Los ángeles, 1932. Perry Villate son los apellidos de Jorge. Su papá inglés, su madre española y su corazón colombiano. La carta que envió el Comité Olímpico Internacional lo tiene a punto de correr el maratón en los Juegos. El primero de los nuestros que lo hará. Es tan fuerte el latido de su corazón que a los 10 kilómetros se desploma. Jorge regresa al país con una medalla, la primera de nuestra historia, una medalla al mérito deportivo y la alegría de aquellos que son pioneros.

Cuarenta años después, sí, cuarenta, Colombia comenzaría a cosechar lo sembrado en las siete ediciones anteriores de los juegos. Otro hombre con sangre europea en sus venas sería el encargado. Hellmuth Bellingrodt, en la modalidad de tiro al jabalí, cazó la primera medalla para nuestro país.

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Una plata que fue acompañada por dos bronces conseguidos a los puños, por Alfonso Pérez y Clemente Rojas en sus respectivas categorías en boxeo, un deporte que luego alcanzaría escenas aún más gloriosas con la medalla de bronce de Ingrit Valencia (primera mujer colombiana en hacerlo en esta disciplina) y Yuberjen Martínez, el primero en disputar una final y conseguir una medalla de plata. Desde 1984, fueron cuatro ediciones consecutivas ganando una medalla: plata con bellingrodt (otra vez) en esa edición, bronce con Jorge Julio Rocha en boxeo para Seúl 88; y en Barcelona 92, bronce para Ximena Restrepo en los 400 metros planos.

La primera conquista para Colombia en el auténtico deporte rey. Cuatro años después, en pleno cambio de siglo, el primer capítulo dorado, uno que empezó a escribirse en Candelaria, Valle; en la casa de Juan y Nely, los Urrutia Ocoró. Su hija, María Isabel, quien ya había representado a Colombia en los Olímpicos de Seúl (pero en atletismo); iba a ser capaz a sus 35 años de levantar 110 kilos en el arranque, 135 en la envión y el peso de las palabras del por entonces presidente del Comité Olímpico Colombiano, quien le quitó apoyo económico porque no creía en ella.

María Isabel abrió el camino más espectacular para cualquier deporte en la historia olímpica de nuestro país: son ocho medallas en total gracias a la halterofilia. Las platas de Diego Salazar y Leidy Solís, los bronces de Mabel Mosquera, Ubaldina Valoyes y Luis Javier Mosquera y el más grande capítulo del levantamiento de pesas con Óscar Figueroa: doble medallista olímpico, plata en Londres y oro en Río 2016, con récord incluido. Desafiando a su propio cuerpo y a una seria de lesiones y hernias lumbares que pudieron acabar con su carrera y sentarlo para siempre en una silla de ruedas.

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Como Figueroa y Bellingrodt, hay otros cuatro colombianos que pueden lucir en su vitrina dos medallas olímpicas: la luchadora Jackeline Rentería que ganó bronce en Londres y Pekín, la judoca Yuri Alvear con una de bronce y una de plata.

Con dos también, Catherine Ibarguen, la atleta más grande que ha visto nacer este país. La hija de Apartaó, voló y voló para un registro de 14 metros con 80 en el salto triple y sin ser favorita en Londres, regresó a casa con una medalla de plata. En la siguiente edición, 15 metros con 17. ninguna de sus competidores superó los 15 y sobrada Catherine se bañó de oro.

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Y si de diosas bañadas de oro en el Olimpo se trata, no hay como comparar a Mariana Pajón en su caballito de acero, volando por los cielos de Londres y Río. Una especie de centauro fundiendo sus muslos con el metal, única mujer latinoamericana con dos oros olímpicos, junto a ella, fieles escuderos en la disciplina: Carlos Mario Oquendo y Carlos Ramírez y Rigoberto Urán con un oro que en un segundo se destiñó y quedó en su plata; y claro, María Luisa Calle con su pista bañada en bronce, ganada, perdida, calumniada y luego recuperada y justamente lucida.

Nuestra historia en los olímpicos es como la historia de la patria: sufrida, dura y por pasajes gloriosa. Como bien profetizó Núñez: “soldados sin coraza ganaron la victoria”.

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