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Historia de Óscar Murillo, el artista colombiano que acaba de ganar el Turner Prize

El periodista Pacho Escobar logró que el esquivo pintor, quien acaba de ganar el premio del arte más importante del mundo le abriera las puertas de su casa en La Paila, Valle

Perfil de Óscar Murillo, el artista colombiano que acaba de ganar el Turner Prize. Foto:

Si el nadaísta Gonzalo Arango hubiera hecho este perfil, estoy seguro que la habría iniciado de la siguiente manera:

El Murillo más feo del mundo está en el segundo piso de una casa sin dirección en el barrio Villa Zancudo en La Paila, Valle del Cauca.

En esa casa, cuando quiere descansar de Londres, vive el pintor Óscar Murillo.

En la pared principal de la sala de aquella construcción color curuba, se encuentra exhibida una obra de arte, pintada por Óscar Murillo y su hija Valentina. Aquel cuadro podría resumir su mundo, su vida, su trabajo. Fue hecho un día de vacaciones cuando obreros le echaban la plancha de concreto al tercer piso de la casa que dejó su padre Belisario para venir a morir de viejo. Dentro de los escombros que sacaban los trabajadores, la pequeña Valentina –que tenía tres años en ese entonces- se sentó en una desvencijada tapa de cemento de ochenta centímetros de ancho por un metro de alto, y comenzó a tratar de dibujar encima de ella como si fuera un lienzo. Óscar la vio y le bajó un par de cartulinas y un lápiz para que expresara sus deseos.

Quizás en algunos años un coleccionista se entere de aquel Murillo, se lo compre por tres centavos al artista y lo venda en 401.000 dólares como pasó con la obra ‘Untitled (Drawing off the Wall)’, que hace poco adquirió el famoso actor Leonardo Di Caprio a través de un consejero de arte. Porque eso de alguna forma es lo que ha pasado con Óscar y sus Murillos.

Fue un día de 1996 cuando su papá Belisario Caicedo, quien trabajaba en Colombina, decidió dejar la empresa para irse a probar suerte a Europa. Escogió el Reino Unido por la elegancia de los caballeros londinenses, a quienes admiraba por el actor Roger Moore y su papel en El Santo. Belisario tenía algo claro: el mismo esfuerzo físico que realizaba con su trabajo en La Paila, iba a ser mejor recompensado en Londres, así le tocara lavar baños. No se equivocó. Mientras él pudo comprar su propia casa con los ahorros en libras esterlinas en 15 años e incluso ampliarla con dos pisos más, sus compadres y contemporáneos del pueblo siguen trabajando en Colombina, y viviendo en alquiler.

Belisario duró solo un par de meses sin la compañía de su esposa Virgelina y sus dos hijos. Ellos llegaron a principios de 1997, Óscar apenas tenía 11 años, su mundo era La Paila, sus amigos se habían quedado en el pequeño corregimiento de Zarzal en el norte del Valle, quería ser futbolista y lo hacía muy bien. El cambio fue drástico pero el muchacho, como pocos, tuvo una ventaja sobre la mayoría de inmigrantes latinos, aprendió las reglas básicas del inglés en menos de un año. Pudo relacionarse, sin olvidar jamás que su ombligo, como el de los negros del Pacifico, estaba enterrado en La Paila. En los años posteriores llegaron más tíos y primos a radicarse en los suburbios de Londres para conformar una comunidad de más de 50 paileños, algo parecido a un barrio que apaciguaba la nostalgia de la tierra caliente. El muchacho entró a la escuela y comenzaron sus primeros pasos hacia las artes plásticas. Expresar lo que sentía con sus manos fue una terapia de desprendimiento, algo que después se convirtió en un interés de vida.

A partir del noveno grado Óscar Murillo de manera inconsciente comenzó a caminar por el sendero de las artes plásticas, a rondar por los museos abiertos de la capital británica. Óscar recuerda que una de las obras que más lo impactó y que hizo el clic en su cerebro, fue la instalación de la artista colombiana Doris Salcedo, titulada Neither, que estaba expuesta en la galería White Cube. Tenía 17 años y llegó allí por recomendación de un profesor. Lo conmocionó aquella obra que reflejaba el secuestro de militares en Colombia, aunque para él resultaba un asunto distante de la tranquilidad del pueblo en el que había crecido. Su vida entonces no tenía memoria de haber visto ni en televisión a un hombre encerrado por mallas. Otra era la historia que Doris Salcedo había dejado plasmada en aquel trabajo. Tal vez el subconsciente de Murillo supo que los artistas son la representación de sus días, que eso los hace grandes, únicos.

El muchacho que colaboraba en la familia con su trabajo de madrugada como cleaner, entró en la duda entre escoger una profesión lucrativa o  una que le diera satisfacciones para respirar. Gracias a su buen desempeño académico pudo entrar sin problemas a la Universidad de Westminster donde se matriculó, por el peso de la necesidad de generar ingresos, en la carrera de Animación. Su aspiración era poder casarse pronto con el amor de su vida, la venezolana Angélica Fernández.

Pero Óscar era infeliz. Un día salió de su casa con el portafolio de piezas artísticas que había ido recopilando durante sus últimos años de escuela, pasó derecho por el pabellón de animación, entró a la secretaría de la Facultad de Artes Plásticas, presentó su curriculum y solicitó la admisión. La obtuvo. Actuó como sabe hacerlo, sin planear, guiado por sus instintos.

Igual ocurrió con su trabajo final para graduarse del pregrado en el año 2007. Realizó una instalación basada en su biografía como inmigrante de La Paila y luego como hijo adoptivo de Londres. Aprovechó la Universidad para hacer su portafolio impregnado de la solidez de la academia y con aquellos halos de erudición que brinda la teoría. Un rigor que le abrió las puertas para ingresar en el 2010 a realizar la maestría en el Royal College of Art (RCA), donde de cada cien solicitudes solo aceptan veinte. Le dieron la bienvenida con una carta que le llegó a su casa, acompañada de una beca que cubría la costosa matricula.

En cierta medida la vida podría resumirse con un  axioma: talento, ganas, relaciones y aprovechar oportunidades. A Murillo se le dio esa la combinación en el momento justo. Aprovechó su pesado trabajo nocturno de cleaner de tres a siete de la mañana para asegurar un ingreso y un horario que le dejaba tiempo para seguir formándose. Mañanas para estudiar, tardes para trabajar en un improvisado taller de plástica que él mismo montó y cuando podía se empleaba como asistente o técnico en exposiciones, museos y galerías. Solo, completamente solo, tocaba puertas para mostrar su arte. Un camino que le permitió entablar relaciones laborales con la galería Stuart Shave Modern Art, iniciar proyectos en el Institute of Contemporary Arts, y trabajar en programaciones con la Serpentine Gallery. Más allá de caerle bien a sus influyentes amigos del Royal Center Art, Murillo los cautivaba con sus originales trabajos que venían cargados de su esencia. Aparecieron las primera exposiciones colectivas en Los Ángeles y Berlín, las grandes vitrinas del mundo.

Murillo se ha expresado con lo que tiene a la mano y con el sentimiento del día a día. Si no tenía lienzos entonces cortaba retazos de tela y los juntaba para crear el espacio, si no tenía óleos entonces trabajaba con el polvo de su casa. Allí han quedado en sus obras  cavilados trazos de tierra y la experiencia agresiva de sus días. La dimensión de sus pinturas quizá comenzaron a ser de tamaños gigantes de manera inconsciente porque de 27 años, el artista ha vivido 16 sumergido en el concreto de lo urbano, en el paseo del grafiti londinense. Así mismo, en cada obra se encuentra sumergida su biografía: las madrugadas de limpieza; el arduo trabajo de sus familiares en los ingenios del Valle del Cauca; y la belleza estética en la forma de las palabras de su idioma natal -mango, yuca, chorizo, arepa, maíz.

El artista Franz West, fue el hombre que le compró su primera pintura. West la descubrió accidentalmente en el baño de la galería donde Murillo guardaba sus obras de gran formato que realizaba en los tiempos libres de su trabajo como asistente. Quiso regalársela pero West insistió en pagarla  y le dio mil euros. Fue el comienzo de un fenómeno del que Óscar evita hablar por sobre todas las cosas.

El voz a voz de su enigmático arte se comenzó a regar por el underground londinense. Murillo había tenido algunas de sus piezas exhibidas en varios espacios de buen nombre, fue invitado a la galería Mihai Nicodim en Los Ángeles y había hecho intervenciones como poner a jugar bingo a personas de la clase alta en el Dalston, además de levantar el piso para desnudar la calefacción terrestre de una universidad como expresión artística. Su taller ya era una cosa en serio y se había ampliado. Vendía cuadros por cinco mil dólares. Lo mismo ocurrió con el reconocido coleccionista Charles Saatchi, quien adquirió ocho de sus lienzos.

Como las obras ya no le pertenecían, Murillo se olvidó de ellas. Meses más tarde una de sus  pinturas fue vendida por 210 mil libras (700 millones de pesos aproximadamente) en la famosa subasta de Christie´s en Londres. Recibió la noticia en Nueva York donde se encontraba y creyó que era un error, aunque de ese dinero y del resto de subastas no le ha entrado un peso. Entonces sucedió lo impensable, obras suyas comenzaron a ser subastadas por exorbitantes sumas de dinero: la casa Christie´s vendió un segundo cuadro por 391.475 dólares,  la casa Sotheby´s colocó otro en 177.456 USD; en Phillips uno de sus cuadros alcanzó los US $224.000 y, como si fuera poco, la prensa reveló hace algunas semanas que el actor Leonardo Di Caprio había comprado un Murillo por 401.000 dólares.

Murillo comenzó a ser representado por el respetado galerista y dealer David Zwirner, un hombre que se mueve en lo grande del arte mundial, a quien la revista Forbes lo reconoce como uno de los personajes más influyentes del mercado del arte con galerías en Manhattan y una sede principal de cinco pisos en el exclusivo sector de Mayfair en Londres.

A Óscar la crítica también lo ha perseguido, pero él no come cuento y sigue trabajando. Críticos hay en todas partes y tal vez los que lean este perfil dirán que Murillo se quiere parecer a Basquiat y yo a Gonzalo Arango.

*Este perfil fue publicado originalmente por el autor en Las 2 Orillas en el año 2013.

*El jurado de los premios Turner a lo mejor del arte contemporáneo, premió este martes durante una ceremonia en Margate, Inglaterra, a los cuatro nominados de este año. Dentro de los ganadores están el colombiano Óscar Murillo, el jordano Lawrence Abu Hamdan y las británicas Helen Cammock y Tai Shani, quienes fueron premiados por su compromiso con las causas sociales y políticas urgentes.