Camino a la I.E. Valentín García por las trochas de Labranzagrande
Comenzamos a subir en medio del lodo, por grandes piedras, unos en mula y otros a “pata”.
Foto: Yesica Chaparro arriando una mula.
Miro sus pequeñas huellas en el lodo, su fuerza arriando la mula montaña arriba, es Yesica Chaparro, una niña de nueve años de edad, de sonrisa tímida y mirada dulce. Es de pocas palabras.
Cruzamos un puente de madera sobre el río Cravo Sur, el mismo que crece en época de invierno y afecta viviendas y vías rurales. "Este río cuando crece nos genera problemas, ya se nos llevó 10 hectáreas en la pasada ola invernal", dice una habitante de la zona.
Son 30 soldados del batallón de Artillería Número 1 Tarquí, más de 30 voluntarios de la comunidad que se disponen a subir a la Institución Educativa Valentín García en el sector de Cueta de la vereda Guayabal; como si fuera una romería el panel solar lo llevaron a hombros la comunidad y militares, la nevera y el refrigerador fueron amarradas con palos de bambú, en las mulas transportaron libros, alimentos, dotación de ropa y maletas.
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Paula Bolívar, que ha hecho seguimiento exhaustivo al programa del Plan de Alimentación Escolar (PAE) y a las obras del Fondo de Financiamiento para la Infraestructura Educativa (FFIE), le pregunta a Yesica, "qué materia le gusta" y le responde, tapándose la boca: "sociales" y sigue caminando, mirando el terreno agreste.
Comenzamos a subir por grandes piedras, unos en mula y otros a "pata". Natalia Henao, lidera Soluciones W, le pregunta a la pequeña Nancy de seis años de edad: "cuánto caminas de aquí para arriba", y le responde: "como dos horas", se ríe tímidamente.
Es que antes de llegar a la zona del puente sobre el río Cravo Sur, debimos viajar por carretera desde Bogotá, cruzar Tunja, Sogamoso, El Crucero desde donde se observa el majestuoso Lago de Tota, pasar por el páramo La Sarna, donde hace más de 20 años los paramilitares asesinaron a varios civiles que viajaban en un bus porque supuestamente auxiliadores de la guerrilla, luego cruzamos Toquilla y allí a la orilla de la carretera se miraba a los campesinos vestido de chaquetas gigantes y truchas enormes que sostenían en sus manos, además de queso y frutas que comercializan.
La vía es de mucha curva, la compañera Natalia Henao, responde la llamada de Julio Sánchez Cristo, para dar un reporte de cómo va el viaje. "Julio voy mareada, pero vamos con ganas". Contesta un número de preguntas, cuelga y baja el vidrio del carro para tomar aire.
Pasamos por Badohondo, lugar que cita el sociólogo y desaparecido periodista Alfredo Molano en una de sus obras donde describe la violencia de las décadas del 60, 70 y 80, allí empieza a verse la destapada vía alterna al Llano que cruza quebradas, puentes débiles y obras con poco personal.
Paula Bolívar se baja y habla con la gente: "señorita periodista aquí falta una carretera y puentes". Pregunto: cómo están de acueductos: "don Jorge esos acueductos rurales si viera que son una vergüenza"
Pero volvamos a la trocha de lodo y piedras, Yesica y Nancy suben como si nada, no sudan, nos miran y se ríen; sus sonrisas combinan con la forma de sus ojos y nos contagian de su alegría así tuviéramos la lengua fuera, porque así íbamos los citadinos.
"Natalia y por qué se subió la mula", le grito desde lejos y me responde con ese acento risaraldense: "No mijo, me tocó dejar el miedo y subirme, estaba cansada, necesitamos llegar rápido".
Veo pasar a don Vicente Casas, el otro protagonista de esta historia, con una sonrisa de oreja a oreja, mirando hacía la copa de los árboles, montado en un caballo dócil que sube las piedras gigantescas con facilidad.
Sigo caminando, mirando las huellas en el lodo de los pasos de soldados, de la comunidad y de los niños, sufro una catarsis, pienso en si yo fuera esas niñas o en mi hijo, cómo enfrentaríamos esto. A la derecha se ve una pintura imponente: las montañas gigantes, la neblina que cortan el verde y los rayos del sol que se penetran por las nubes de arriba hacia abajo.
Llevo el celular en la mano, no hay señal; lo vuelvo a mirar y como si fuera un espejismo leo: Juan Pablo Calvas. "Paula, quieta vamos al aire", gritó. Llevamos más de una hora de travesía.
"Si Julio aquí vamos a mitad de camino. Natalia viene con mareo y Jorge está que se muere de cansancio", y yo por dentro, aún me queda algo de ego, "porque le dijo eso, dirán que soy flojo, pero que caray, es verdad voy cansado".
Comienzo a subir más rápido quiero llegar ya, trato de no mirar para arriba, siempre a las piedras porque me da vaina lo del soroche, mis piernas comienzan a sufrir calambres y miro de reojo como la pequeña Yesica, con su sonrisa traviesa, me dice: "ya vamos a llegar".
Hemos pasado dos quebradas y ninguna tiene puente, lo que hay son improvisados troncos que a traviesan en el agua para poder cruzar, en uno de esos pongo mal el pie y me voy de culo. "Que mojada", me paro, camino diez pasos más y veo la escuelita.
Cuando llegó a la meta, es decir a la escuelita veo un militar dibujado en una cartelera con agradecimientos, a don Vicente entregando las donaciones, un campesino con una jarra y la linda sonrisa de Yesica estirándome un vaso de guarapo: “don Jorge ya llegó”.
Jorge Herrera Romero
Comunicador social y periodista de la Uninpahu...Comunicador social y periodista de la Uninpahu con 20 años de experiencia en periodismo en Caracol Radio, Blu Radio, Primera Página y W Radio. Editor nocturno del Servicio Informátivo de Caracol Radio.