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El atardecer en Cumbiana

Historias del cielo, el agua y la tierra

SM

Colombia

Para explicar con palabras un atardecer en Cumbiana, habría que inventar un nuevo diccionario. Uno hecho con nuevos vocablos, todos hiperbólicos y superlativos de elementos maravillosos.

En su punto más alucinante, tiene un color dorado intenso. Como si Mulales y Quimbayas hubieran derramado una solución de metales preciosos en el alto Magdalena. Como si esa agua bronceada, además tornasolada de forma natural por el sedimento que lleva consigo la sabiduría de tantas ancestralidades del río abajo, se vistiera de fiesta y positivismo para lo que viene: Chamanes Pocabuyes, desde todas las esquinas cardinales de las zonas cenagosas del delta del Río Grande, soplando polvo de oro para teñir un cielo que solo revela su azul profundo en el extremo más oriental de la bóveda celeste. Un recodo cobalto que se percibe solo al seguir con la vista el vuelo de una bandada de flamingos que pasan buscando su último bocadillo para dormir y seguir su vuelo mañana hacia la Guajira.

Es un atardecer multisensorial minuciosamente diseñado por la madre naturaleza: unos minutos antes, el sol, alcahueta celeste, ataca los ojos con un centellante color plata que obliga a cerrarlos y a despertar a los otros sentidos, que estaban atónitos ante tal éxtasis de la vista. Las pequeñas ondas de la brisa del vendaval, que es como le dicen los nativos del territorio anfibio a la que llega del interior y huele a tierra fresca y mangle, sirven de espejos para magnificar el destello solar que tiene ya en estado de indefensión al espectador. Pero además tocan un hipnotizante ritmo en el casco de la canoa que marca el compás de una melodía en la que las garzas, pato yuyos, gavilanes y martín pescadores que se invitan unos a otros a buscar refugio, ponen la armonía. Todo está listo ahora para abrir los ojos de nuevo y cerrarlos solo para limpiar las lágrimas que se escapan involuntariamente ante tal espectáculo casi onírico.

Y termina el show con un fucsia intenso en el horizonte más occidental, atravesado por pájaros nocturnos que se despiertan para la caza diaria. Como queriendo retar a un amanecer venidero con sus propios colores y dinámicas.

El bronce del cóctel Cumbiana, con una maravillosa mezcla del ámbar escocés de Old Parr, con los tonos amarillos de la naranja y verdes del limón cosechados en planicies fértiles, el hielo de la Sierra guardiana y ese atardecer son motivos para honrar un territorio lleno de magia y amor. Un juego de olores cítricos y maderosos y un gusto dulce, amargo y ácido, tan refrescante como profundo y envolvente. Un sabor para disfrutar con todos los sentidos.

Estos atardeceres hacen parte de la inspiración de la estrategia del Old Parr y Cumbiana ya que parte de las ventas del cóctel Cumbiana serán donadas a la iniciativa social liderada por Carlos Vives para el desarrollo y la preservación del Territorio Anfibio de la Ciénega Grande de Santa Marta.

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