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El día en el que Anne Frank cumpliría 90 años

Aunque esta niña de ascendencia judía haya muerto a sus 15 años, víctima de los campos de exterminio nazi, el legado de su diario se mantiene vivo hasta nuestros días.

Anne Frank fue una niña alemana con ascendencia judía, mundialmente conocida por haber escrito un diario en el que narra la vida de ocho personas escondidas durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: Agencia Anadolu

Hoy, 12 de junio de 2019, Anne Frank estaría cumpliendo 90 años. Ella, a quien todos vemos como una niña, sería una abuelita. Sus hijos e hijas, nietos y nietas, le hubieran organizado una gran celebración, posiblemente sorpresa, en la que hubieran compartido con familiares y amigos una abundante cena y una gran torta –¿acaso de miel, como la de sus 15 años?—, hubieran dado un discurso y brindado en su honor.

Sería un lluvioso día de verano en Ámsterdam, con una temperatura máxima de 17 grados, según los pronósticos para este miércoles. Difícilmente Anne Frank hubiera dejado Holanda después de la guerra. Lo dice en su diario: “¡Amo a Holanda, en algún momento tengo la esperanza de que a mí, desterrada, pudiera servirme de patria, y aún conservo esa esperanza!”*. O quizá le hubiera ganado un ímpetu por conocer gente interesante, viajar y tener nuevas experiencias, deseos que también expresa en sus escritos. Hoy ella y su descendencia podrían vivir en cualquier lugar del mundo.

¿Cómo hubiera sido la vida de Anne Frank? Esa incógnita quedará abierta para siempre. ¿Hubiera sido periodista y escritora, como soñaba, o hubiera crecido y enterrado para siempre su niña interior?, ¿sería tan olvidadiza como ella misma se imaginaba a los 80? ¿Habría de resolver los conflictos con su madre o esto le habría de tomar toda una vida?, ¿comprendería que ella la amaba, a su manera?

Las infinitas posibilidades para su futuro comenzaron a agotarse el 4 de agosto de 1944, cuando, entre las 10:00 y las 10:30 de la mañana, un automóvil se detuvo frente a la casa de Prinsengracht 263, donde funcionaba Opekta, una fábrica de pectina (sustancia usada en la elaboración de mermelada) administrada por su padre, Otto, y donde ella, junto con otras siete personas, se había escondido de los nazis durante casi dos años y medio.

Se ocultaron en la casa de atrás, una especie de vivienda trasera que se conectaba con la propiedad del frente, pero cuya puerta de acceso estaba cubierta por una estantería ideada por los Frank, quienes vivían en silencio, a oscuras y con estrictas rutinas para no ser descubiertos por autoridades y vecinos. Por supuesto que tenían cómplices, quienes les garantizaban el aprovisionamiento de víveres y eran su contacto con el mundo exterior. Se trataba de algunos empleados de confianza de Otto, pero la mayoría de trabajadores no sabía que había personas viviendo allí. Los escondidos debían ser extremadamente cautelosos.

Los Frank no se escondieron solos. Junto a ellos había otra familia: los Van Pels, que en el diario llevan el nombre de los Van Daan: Petronella (la señora), Hermann (el señor) y Peter (su hijo). Aunque al comienzo Anne no toma muy en serio a Peter, ya que lo encuentra “quisquilloso y vago”, con el tiempo termina enamorándose. A él le daría su primer beso y lo convertiría temporalmente en su confidente, aunque muchas veces también encontraría desconcertantes sus actitudes.

Subía a visitarlo a su habitación, que daba al ático –a pesar del recelo de muchos–, donde había una de las pocas ventanas por las que en ocasiones podían asomarse. Desde allí veían un castaño, a veces desnudo, a veces “en flor de arriba abajo”. Y entonces Anne pensaba: “¿Por qué no habríamos de besarnos, con los tiempos que corren?”

A la casa luego llegaría Fritz Pfeffer, a quien Anne le dio el nombre de Albert Dussell (que en alemán significa ‘tonto’, o ‘burro’), un dentista que se vio obligado a alejarse de su prometida y esconderse. “Como todos suponíamos, Dussel es una persona muy agradable”, fue una de las primeras impresiones que tuvo Anne sobre él, pero esta percepción habría de disolverse, sobre todo por el hecho de que debía compartir con él tanto su cuarto como las preciadas horas que pasaba en su escritorio. 

Muchas de las actitudes de Dussel le parecían reprochables, sobre todo el hecho de que les escondiera comida —pan, queso, mermelada, huevos—. “Es un verdadero escándalo que tras acogerlo con tanto cariño para salvarlo de una desgracia segura, se llene el estómago a escondidas sin darnos nada a nosotros”. Meses más tarde reportaría: “Nuevos disgustos en la Casa de atrás. Pelea entre Dussel y la familia Frank a raíz del reparto de la mantequilla”.

Al comienzo todos parecían haber hecho buenas migas, pero en medio de la escasez, el tedio y el temor (a la muerte, a ser descubiertos, a los bombardeos, a correr la misma suerte de otros judíos), la armonía se convirtió en un bien demasiado frágil. Lo mejor y lo peor de la condición humana no solo se vería reflejado afuera, en los hechos de la Segunda Guerra Mundial, sino que también quedaría en evidencia al interior de la Casa de atrás.

Su diario se convirtió en el espacio donde ella podía expresar, sin pudor, todas sus molestias y antipatías. Muchas veces se sentía como el chivo expiatorio de la familia, como una adolescente incomprendida, como “un pájaro enjaulado al que le han arrancado las alas violentamente, y que en la más absoluta penumbra choca contra los barrotes de su estrecha jaula al querer volar”.

Desde las primeras páginas, que son tremendamente tiernas y divertidas, Anne se muestra a sí misma como una niña alegre, traviesa y sobre todo parlanchina. Habla del colegio, de sus amigas, de sus admiradores… Pero durante el encierro todas estas cualidades parecían no tener tanta acogida. Según ella misma, tenía fama de “correr detrás de los chicos, de coquetear, de ser una sabionda y de leer novelitas de poca monta. La Anne alegre lo toma a risa, replica con insolencia, se encoge de hombros, hace como si no le importara, pero no es cierto: la reacción de la Anne callada es totalmente opuesta”.

Como cualquier adolescente, a veces tenía celos de su hermana: “Y es que Margot es la más lista, la más buena, la más bonita y la mejor. Pero, ¿acaso no tengo yo derecho a que se me trate un poco en serio? Siempre he sido la payasa y la traviesa de la familia, siempre he tenido que pagar dos veces por las cosas que hacía: por un lado, las regañinas, y por el otro la desesperación dentro de mí misma”.

Lo bueno es que Anne no se quedaba en lamentos. Enseguida volvía la niña divertida con sus muchos pasatiempos: las estrellas de cine, la mitología griega, hacer genealogías de las familias reales y leer biografías y libros de historia. Si algo siempre se mantuvo vivo en la Casa de atrás fue la inquietud intelectual.

Sin embargo, lo que más le gustaba a Anne era escribir. En su diario relata hasta los más mínimos detalles de la vida en la clandestinidad, desde que se atascó el retrete hasta las técnicas y horarios para ir al baño, dormir y cocinar –la mayoría de veces verduras viejas y patatas con sabor a podrido–. También describe las aficiones, formas de vestir, pensar y hasta de comportarse en la mesa de cada uno de sus habitantes, incluidos detalles sobre el tamaño de su apetito y su preocupación por las porciones de los demás. “¡Quien quiera adelgazar, que pase una temporada en la Casa de atrás!”.

Estas cuestiones banales se mezclan con profundas reflexiones que resultan sorprendentes en una niña de su edad. Le regalaron su diario para su cumpleaños número 13 —fue su regalo favorito— y escribió en él hasta poco después de haber cumplido 15. Para ese momento ya entendía que “hay en el hombre un afán de destruir, un afán de matar, de asesinar y ser una fiera. Mientras toda la humanidad, sin excepción, no haya sufrido una metamorfosis, la guerra seguirá haciendo estragos, y todo lo que se ha construido, cultivado y desarrollado hasta ahora quedará truncado y destruido, para luego volver a empezar”. Días después regresaría la Anne optimista, llena de fe en la humanidad.

Era una niña extremadamente observadora. Estaba convencida, por ejemplo, de que su padre respetaba y quería a su madre, pero no con la clase de amor que ella concebía para un matrimonio: “Mi padre no está enamorado. La besa como nos besa a nosotras (…) y un día mi padre, por fuerza, se dará cuenta de que si bien ella, en apariencia, nunca le ha exigido un amor total, en su interior ha estado desmoronándose lenta pero irremediablemente”.

El diario de Anne Frank revela cuestiones muy profundas de su familia, asuntos que su padre –el único de los escondidos que sobrevivió a los campos de concentración–, no estaba obligado a publicar. Sin embargo, tras largas cavilaciones y a pesar de quedar todos tan expuestos, decidió hacerlo para cumplir el mayor deseo de su hija: “Llegar a ser periodista y más tarde una escritora famosa... De todos modos, cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado ‘La casa de atrás’; aún está por ver si resulta, pero mi diario podría servir de base…”.

De alguna manera Anne le dejó claro lo que debía hacer, sobre todo a él, que era su adoración: “Aparte de un marido e hijos, necesito otra cosa a la que dedicarme. No quiero haber vivido para nada, como la mayoría de las personas. Quiero ser de utilidad y alegría para los que viven a mi alrededor, aún sin conocerme. ¡Quiero seguir viviendo, aún después de muerta!”.

Otto solo omitió algunos fragmentos que hacían referencia a la sexualidad de su hija. Y es que entre ella y Kitty –la amiga imaginaria a quien dirigía su diario– no había secretos. Anne le contaba cómo iba cambiando su cuerpo: “A veces, por las noches siento una terrible necesidad de palparme los pechos y de oír el latido tranquilo y seguro de mi corazón”.

¿Cómo hubiera sido la vida de Anne Frank? Las infinitas posibilidades para su futuro comenzaron a agotarse el 4 de agosto de 1944, cuando, entre las 10:00 y las 10:30 a.m, un automóvil se detuvo frente a la casa de Prinsengracht 263. Del vehículo se bajó un sargento de las ‘SS’ alemanas y tres asistentes de la Grüne Polizei. Todos los escondidos fueron detenidos y posteriormente separados y llevados a distintos campos de concentración. Luego de pasar por Auschwitz, Anne Frank fue llevaba a Bergen-Belsen, donde murió tras contraer tifus, un día entre febrero y marzo de 1945.

Los agentes se llevaron todos los objetos de valor y el dinero que quedaba. Dejaron un gran desorden, pero los papeles quedaron intactos. Miep Gies, una de las protectoras de la familia, encontró el diario y, consciente del valor que tenía para Anne, lo guardó a la espera de su regreso. Pero el único que volvió fue Otto Frank.

No sabemos cómo hubiera sido la vida de Anne, pero sí sabemos que si hoy estuviera cumpliendo 90 años quizá nunca hubiéramos conocido su diario. Quizá lo tendría escondido en algún estante, raído, polvoriento, o lo hubiera perdido en algún trasteo. Quizá sus escritos hubieran servido de base para su novela ‘La casa de atrás’, la cual no hubiera sido tan potente como los textos originales, o hubiera sido descartada por las editoriales bajo el argumento de que ya había demasiados libros sobre el tema o que no era rentable. Y quizá, con algo de suerte, tras su muerte, su diario sería encontrado por alguno de sus nietos, que lo guardaría como una curiosidad, como un tesoro personal y no como lo que es: un regalo para toda la humanidad.

*Todas las citas textuales del artículo fueron tomadas de la versión autorizada de los diarios de Anne Frank publicada por el sello Debolsillo, del grupo editorial Penguin Random House.