Actualidad

Cumbiana es la música

Historias del cielo, el agua y la tierra

Cortesía : Diageo / SM

Colombia

Como en un jam de gaitas Pocabuyes, el atardecer dorado bunsi y el amanecer fucsia sigi de Cumbiana se llaman, se hablan, se contestan, se pavonean, se retan, se necesitan. Y así cada día de cada mes, de cada siglo, porque Cumbiana es la vibración del universo traducida a ritmo.

Para llegar al territorio anfibio del delta del Magdalena hay que hacerlo en canoa. Nueva Venecia y Buenavista están resguardados por varias ciénagas y hay que atravesarlas para llegar a ellos. Y como si el Cacique Cumbague así lo hubiera dispuesto, cada una de esas ciénagas -por razones físicas como la profundidad, la amplitud del cuerpo de agua, la cantidad y la variedad de mangle que la rodea y hasta las especies de peces, lagartos, crustáceos y moluscos que resguarda- le da un golpe diferente al casco de la embarcación.

Los reconocen los oídos de quien ve al fondo la Sierra mientras la brisa salobre compensa en la cara el impacto del sol costeño y percibe el aroma tan singular que producen las aguas andinas cuando se entreveran con las caribes. Ese “taque-taque” de las olas en la proa se vuelven golpes de tambor. Esas cadencias en armónica yuxtaposición van dando paso a sonidos de pájaros que, uno a uno, cocrean esta hipnótica pieza, cuyo primer momento termina justo antes de dar la vuelta al último manglar y ver un pueblito hermoso, colorido y pacífico parado en palafitos.

El motor del “Johnson”, que era como un bajo constante que acompañaba ese primer momento, se detiene. La inercia, con su embriagante fluir entre un agua calma, marca la entrada, conforme se navega por las apacibles callecitas perpetuamente inundadas, de voces de pescadores que entonan a capella una estrofa vallenata, o silban cumbias que han sido oídas por diferentes generaciones. Arreglan sus atarrayas y remiendan sus trasmallos en familia, riendo, cantando, alegando.

En la casa de don Rafael De La Cruz se oye música en vivo. Es El Congo Buenavistero, un conjunto local que ensaya para el carnaval. Don Rafael toca la maraca de calabazo; Santander Garizábal, el tambor y Ángel De La Cruz, la guacharaca. Y a ritmo de “Baile Negro” cuentan historias de grandes pescas, de “malahoras”, de goleros ladrones, de héroes, de villanos, de muerte, de manglares, de vida; de su vida. Versos que llevan todo el ADN ancestral de un territorio anfibio indígena que nace en el Páramo de las Papas. Y cuando el atardecer termina de jactarse de su riqueza cromática para dar paso al azul petróleo de la noche, los renacuajos, lagartijas, ranas y aves nocturnas arrancan su propio recital. Lo hacen toda la noche, sin recesos, hasta que es hora de ver otra vez los ilógicos colores celestiales de cada amanecer en Cumbiana.

El sonido del hielo en el vaso, el limón exprimiéndose, y el Old Parr rompiendo esos cubitos de agua congelada que le dejaron paso estrecho, armonizan con el “¡ah!” de quien prueba un Cóctel Cumbiana mientras oye un par de gaitas Pocabuyes llamarse, retarse, contestarse y amarse en un lecho de cumbia.

La mística de estos sonidos también son parte de cómo se vive el sabor del atardecer en un vaso y cómo se cambia el guion desde el corazón del origen del Coctel Cumbiana, que busca aportar al desarrollo y preservación de las raíces musicales del Territorio Anfibio.

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