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Así opera una de las más temidas bandas criminales de Brasil

El PCC, la "sociedad secreta" tiene al menos 30 mil miembros, que coordinan asesinatos, robos, secuestro, narcotráfico e incluso tienen su propia corte para juzgar a quienes fallan

Así opera una de las más temidas bandas criminales de Brasil. Foto: Anadolu

Son grupos que han sido creados desde la cárcel, donde existen problemas de hacinamiento y precariedad de condiciones, bajo un objetivo común: luchar en contra de un sistema policial que ellos llaman “opresor”.

Hay más de 30 grupos de este tipo en Brasil, pero uno de ellos ha crecido tanto en los últimos años que se ha convertido en una de las principales organizaciones criminales de América del Sur. El PCC, que en portugués es "Primeiro Comando da Capital", nació en una cárcel de São Paulo y lleva casi 20 años comandando asesinatos, robos, secuestros y el narcotráfico.

Año tras año, el grupo expandió su actuar en 25 de las 27 provincias brasileñas e incluso a otros países de Latinoamérica. El PCC actúa como si fuera una comunidad secreta y se ha estructurado de manera horizontal, donde existen los jefes de grupos que cualquiera de ellos se puede convertir en líder. Ellos son responsables, inclusive, por establecer las penas cuando hay conflictos entre “los hermanos” en un tribunal de justicia propio.

El pasado 19 de enero, 75 miembros del PCC se fugaron de la cárcel Pedro Juan Caballero, en una región de Paraguay fronteriza con Brasil. 40 de ellos brasileños. Mientras Paraguay aun intenta recapturarlos (hasta el momento, solo cinco han sido de nuevo arrestados), Brasil ha reforzado la vigilancia en sus fronteras.

Independientemente de lo que logren las autoridades de los dos países en este caso de fuga, el hecho no debe afectar en “absolutamente nada” el actuar del PCC, según el sociólogo brasileño Gabriel Feltran, que lleva más de 15 años investigando este grupo delictivo.

Feltran afirma que tener estos miembros libres en las calles no significa que el grupo se refuerce. Tampoco arrestarlos influye en la fuerza que tiene la banda. “La facción conecta la cárcel y la calle desde varios mecanismos. Las cadenas no aíslan a las personas de la vida social”, explica el sociólogo.

El PCC mantiene una fuerza consolidada, con órdenes de administración dadas desde las cárceles. Ellos se comunican por medio de cartas trasladadas por los visitantes a los precintos. Se cobran hasta 2.000 reales (unos USD 500) para hacerlo. Utilizan un leguaje codificado que cambia con tanta frecuencia que la policía no ha logrado identificar los patrones de dicha comunicación.

Mientras otros grupos de este tipo – como el CV (Comando Vermelho, en portugués o Comando Rojo en español) – todavía tienen una estructura de comando piramidal, el PCC se aleja de este modelo.

 

“La metáfora que uso para comprender el PCC es la de la masonería, de una sociedad secreta. Dentro del PCC hay puestos de autoridad que tienen poder. Pero el poder no es de la persona”, afirma Feltran.

El PCC actúa como una red de muchos “empresarios” del crimen, que tienen sus propios negocios y pagan un valor mensual para la “fraternidad”. Sus miembros (casi 30 mil personas, según los expertos brasileños) actúan en igualdad de condiciones, aunque haya líderes con posiciones políticas y alguna autoridad para solucionar los conflictos entre los “hermanos” en los “tribunales” del crimen.

En general, los problemas de disciplina se presentan desde la base, de abajo hacia arriba. Los líderes escuchan a los “hermanos” involucrados en el conflicto y organizan el proceso, para ofrecer una solución a esos problemas o conflictos entre estructuras. Estas decisiones, que muchas veces se basan en el “ojo por ojo, diente por diente”, son bastante legitimadas por los miembros del Comando.

“Ellos tienen su propia forma de concebir la justicia. Quien llamó a la disciplina es el responsable de aplicar el castigo considerado apropiado por el grupo de hermanos”, añade Feltran.

Este poder paralelo no se limita al grupo. En las periferias y favelas donde el Estado solo suele llegar en acciones policiales represivas, las facciones acaban por asumir parte de lo que sería responsabilidad del Gobierno.

“Las facciones funcionan como una oferta de disciplina, recursos (aunque por mercados ilegales), pertenencia simbólica y estatus social en estos espacios tan segregados”, dice Feltran. También son grupos que tienen un gran poder en la vida cotidiana de la comunidad.

La política principal del PCC ha sido intentar hacer alianzas con otras facciones criminales, controlar el acceso a las armas y regular los mercados ilegales (principalmente el narcotráfico). Sin embargo en los últimos años, el grupo ha vuelto a la idea de combatir a otras facciones y expandirse a otros países, como en Paraguay.

La principal organización criminal brasileña disputa actualmente territorios del mercado ilegal de drogas con grupos más pequeños. “La tendencia es que estos conflictos se estabilicen. Son grupos muy fuertes, con muchas armas y mucha capacidad económica. La guerra no les interesa”, afirma el sociólogo Feltran.