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¡A coser! En Colombia el dolor de la guerra se olvida con aguja e hilo

En Bogotá, víctimas del conflicto cosen, junto con ciudadanos voluntarios, una manta de 2.700 metros con la que se cubrirá el monolito del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación.

Las víctimas del conflicto cosen, junto con ciudadanos voluntarios, una manta de 2.700 metros con la que se cubrirá el monolito del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, en Bogotá. Foto: Agencia Anadolu

Por: Emma Jaramillo Bernat

A Virgelina Chará no le gusta contar su historia. Ella prefiere el movimiento, ir de un lado a otro, acomodar a quienes llegan, ofrecerles tinto cada tanto, cantar.

Si no se mueven, las mujeres de su familia se enferman. “Es hereditario”. Viene de su abuela, de su mamá; y su hija salió igual. Le suena el teléfono. Se va.

Por eso es Virgelina, la portadora de esa energía congénita, la encargada de liderar el proceso de costura de una gran manta que arropará el monolito del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, siempre tan frío.

Allí todos pueden dejar su huella. Alrededor de la tela comparten estudiantes, profesores, niños, amas de casa, extranjeros. Basta con acercarse cualquier día, hasta el próximo 21 de septiembre, fecha en la que se celebra el Día Internacional de la Paz y en la que se cubrirá el monolito.

Esta actividad, liderada por el Costurero del Centro de Memoria, la Fundación CREA y la Secretaría Distrital de Gobierno, busca a 150 voluntarios (o más) que donen implementos para la construcción de este gran telar –agujas, unos ojos agudos, hilos—, pero sobre todo para que compartan su tiempo. Eso sí, ¡cuidado con regar el café!

Y si no puede llevar nada, no se preocupe que Virgelina se lo hará llegar. Lo sentará y le pasará pedazos de tela para que los vaya cosiendo sobre el telar. Pueden ser piezas en forma de animales, frutas y ríos –que representan la naturaleza—, de casas —que quedaron vacías—, de muñequitos —que son las personas que las dejaron— y del Centro de Memoria –símbolo de las ciudades a las que llegaron—.

La manta busca narrar la historia del desplazamiento, de cómo millones de personas, algunas de las cuales están sentadas justo allí, debieron abandonar todo lo que tenían para buscar protección en la ciudad.

Virgelina le enseñará cómo coser muñequitos de varias puntadas a la vez, sin tener que pasar el hilo por debajo, para así aprovechar el tiempo, porque son muchos; y hay de todos los colores, tamaños y sexos. Una muñeca tiene otra más pequeña cosida adentro. Está embarazada.

Así, si está de suerte, ella le contará su historia a retazos: le dirá que nació en Suárez, Cauca y que allá tenía su casa, su finca, sus propiedades; que se dedicaba a la minería artesanal, con batea, pero que en 1985 fue desplazada por la construcción del embalse de Salvajina.

Según cuenta, ese megaproyecto generó la expulsión de más de 6.000 familias, cifra que es respalda por la información de la ONG Biodiversidad en América Latina y el Caribe, que asegura que muchas de esas familias “constituyeron los primeros contingentes de lo que con el tiempo se convertiría en el mayor asentamiento afrodescendiente en América Latina de habla castellana: el Distrito de Agua Blanca”, en Cali.

Allí, precisamente, se radicó Virgelina. Pero también allí se encontró con el problema de que las casas se inundaban; entonces, desde el comité del barrio, empezó a liderar una negociación de un lote para que reubicaran a la población. A raíz de esto, volvió a ser amenazada, maltratada y testigo del asesinato de uno de sus compañeros. De la organización también se llevaron 40 jóvenes, entre ellos uno de sus hijos, quien sigue desaparecido.

Fue así como llegó a Bogotá, para poder poner la denuncia, en la que acusaba a grupos paramilitares y a las fuerzas del Estado. Una vez en la capital, comenzó a darle forma a la Fundación ASOMUJER y Trabajo de Colombia, que hoy dirige; y en el 2005 fue una de las 12 mujeres colombianas nominadas al Premio Nobel de Paz.

A ella no le gusta estar contando su historia, “porque pa’ qué”. Dice que eso no le “genera absolutamente nada bueno, sino que, al contrario, le genera malestar”. Además, “uno no se puede dedicar al dolor, porque si se dedica a ese dolor, ese dolor lo mata, y mientras usted más se queje, pues más le duele. Ese dolor hay que sacarlo…”.

Esa es la propuesta del costurero: que a través de una actividad tan sencilla como coser la gente logre sacar esos duelos, “porque nosotras encontramos personas que no han vivido el conflicto con una serie de dolencias más fuertes que las de nosotras, que hemos perdido familiares, los bienes, y estamos como correcaminos de aquí a allá”.

Ligia Sabogal es ejemplo de eso. Nacida y criada en Bogotá, no era una víctima directa del conflicto, pero después de 23 años de trabajar en una empresa de confección de vestidos de baño le dio una enfermedad profesional en un brazo y fue pensionada antes de tiempo. Salió de allí “muy mal, muy deprimida, muy enferma”.

Hasta que descubrió el costurero y le “fascinó poder ayudar a gente que tiene esa carga emocional tan pesada”. Empezó yendo los jueves, y ahora va de lunes a domingo, siempre que puede. “Ayudo en lo que haya. Si hay que coser en una máquina, coso, si hay que bordar, bordo”.

A través del costurero Ligia comenzó a relacionarse más, hasta que en una reunión hizo también el proceso y contó que había sido víctima de violencia intrafamiliar. “Aquí llora uno, uno tiene sus recuerdos, y llega un momento como que ya, como que se libera esa carga que uno tiene”.

***

Este sábado Francisca está de cumpleaños. Como todos los días, va desde el barrio las Cruces, donde vive desde hace unos 14 años, hasta el Centro de Memoria. Va prácticamente todos los días con su hija, Ulda, por el hecho de coser, de estar entre amigas.

Ella llegó desplazada desde Bebedó (cerca de Istmina, Chocó, por el Río San Juan) luego de que actores armados en la región —no especifica cuál grupo porque “como allá estaban los dos”— intentaran reclutar a su hijo menor, de doce años.

“Como uno se tiene que movilizar allá en canoas —cuenta Francisca— (a mi hijo) ya se lo llevaban en la canoa. Entonces yo empecé a gritar, me metí al agua a sostener la canoa y que no se lo llevaran. Estaba yo en eso cuando llegó otro grupo y se enfrentaron entre ellos, entonces ahí yo tuve la oportunidad y saqué a mi hijo”.

“Yo tenía 50.000 pesitos —continúa—. Llegué a Istmina y me embarqué en un camión de carga y me vine a Bogotá, y desde ese entonces estoy aquí”. Según el Registro Único de Víctimas, en Bogotá habitan 32.797 personas víctimas pertenecientes a las comunidades negras y afro, que representa un 9,36 por ciento del total de víctimas que habita en la ciudad.

¿Cómo la recibió la ciudad? Dice que “pésimo”, entre buscar para el arriendo y luchar por subsistir, sin ningún tipo de ayuda; hubo noches en las que durmieron en la calle. Antes de que intentaran reclutar a su hijo menor ya había pasado lo mismo con el mayor, a quien le alcanzaron a pegar un tiro en la cabeza. Como no recibió el tratamiento adecuado, con el tiempo empezó a sufrir trastornos “y él ahoritica es un habitante de la calle más”.

El tiempo vuela entre la tela. Se acerca la hora del almuerzo; un arroz atollado en una olla gigante, traído por Virgelina, las espera. Mientras tanto, le piden que cante alguna de sus composiciones –¿Celos o Mujer abriendo caminos? –. Su voz se proyecta en todo el recinto. Las voces de las otras mujeres se esconden detrás de la de ella, se afinan y se alistan para cantarle a Francisca el cumpleaños feliz.