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Seborga, el principado de 320 habitantes que se autoproclamó independiente de Italia

Nina Dbler Menegatto, princesa de Seborga, manifestó que el principado tiene su propia moneda, propio sistema político y demás elementos que les permiten ser independientes.

La monarquía no es hereditaria porque no hubo descendencia de la primera familia, por eso tenemos elegidos: Nina Döbler Menegatto. Foto: Getty Images

Entre las fronteras italianas ya se encuentran la Ciudad del Vaticano y San Marino, pero hay quienes amenazan con crear otro microestado. Son los 300 habitantes de Seborga, un pueblo medieval junto a la frontera con Francia que reivindica su independencia del Estado italiano desde hace más de cincuenta años.

Seborga, cuya historia se remonta al siglo IX, ha vuelto a las noticias al haber elegido a su nueva soberana, la primera mujer, la princesa Nina Döbler Menegatto, que a partir de ahora recibirá el título de la Sua Tremendità. La nueva princesa resulta ser la exmujer del anterior príncipe, Marcello I –quien abdicó por motivos personales y ahora vive en Catalunya– y ganó las elecciones con 122 votos contra los 69 de su única contrincante, Laura Di Bisceglie, la hija del florista que declaró la independencia de este territorio en 1963 y se autoproclamó príncipe Giorgio I. Por supuesto, Italia nunca les ha reconocido.

Los habitantes de Seborga claman que tienen motivos históricos de peso para ser independientes. Según explica Luca Pagani, portavoz del principado, el conde Guidone de Ventimiglia donó en el 954 el territorio a los monjes benedictinos de la abadía de San Honorato en las islas de Lérins, situadas delante de Cannes. A partir del siglo X el abad empezó a usar el título de príncipe con la autorización del papa Gregorio VII, e incluso en 1666 obtuvieron su propia moneda, el luigino , la adaptación italiana de pétit-Louis, por el Louis, la entonces moneda francesa. Pronto estas tierras empezaron a ser incómodas para los monjes, así que tras unas malas cosechas y la negativa de los campesinos a pagar más impuestos, el abad decidió vender el territorio a Victor Amadeo II de Saboya, rey de Cerdeña, en 1729.

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